
En efecto, entre los 19 departamentos que forman nuestro país, Canelones ocupa el lugar 18 en cuanto a superficie, pero su población es la más numerosa después de Montevideo: más de medio millón de habitantes repartidos de una forma singular.
Canelones es, por una parte, un centro agrícola de cereales, viñas, hortalizas y frutales. Tiene también un cinturón industrial, formado por ciudades satélites de Montevideo, como Las Piedras y La Paz. Hacia el Este, descansando sobre las playas cada vez más pobladas, se extienden la Ciudad de la Costa, compuesta por numerosos suburbios residenciales (entre otros, Shangrilá, Lagomar, Solymar, El Pinar) y la Costa de Oro, que comprende balnearios de veraneo como Atlántida, Las Toscas, Parque del Plata, La Floresta y muchos más.
La atención pastoral de Canelones está repartida entre 38 parroquias de características muy diferentes, cada una de ellas con varias capillas. En la diócesis trabajan, a su vez, comunidades religiosas dedicadas a la enseñanza y a otras tareas, y en ella florecen cuatro monasterios de clausura.
El caso es que el Papa ha decidido confiarle al P. Sanguinetti el cuidado de esta Iglesia “canaria”, cuya población está en permanente crecimiento, y que tendrá sus propias y seguramente no pequeñas dificultades.
Decía que, por el tiempo transcurrido desde que monseñor Orlando Romero, su actual obispo, presentó la renuncia al cargo hasta hoy, parecería que no ha sido fácil encontrar a su sucesor. Pero la larga espera ha hecho que, finalmente, la elección constituya un motivo de especial alegría.
Conozco al P. Sanguinetti desde hace más de 35 años. Siempre he admirado su rara capacidad para desarrollar una intensa tarea docente e investigadora en el campo de la Teología, donde tiene nombre propio, y atender al mismo tiempo serias responsabilidades pastorales como párroco. Asimismo, he disfrutado sus apreciaciones sobre la historia, la música y un sinfín de temas y, sobre todo, acerca de la belleza de la liturgia y de la arquitectura sagrada… y las he visto plasmadas en las reformas de los presbiterios de las parroquias en que ha estado y en la iglesia de Santa Rita, que construyó desde su arranque.
En otras palabras, me consta que el recién nombrado obispo de Canelones tiene un acervo de experiencias y conocimientos, intelectuales y prácticos, que enriquecerán al colegio episcopal de la Iglesia que está en Uruguay.
No obstante, a la hora de encuadrar su elección como obispo, hay que destacar singularmente una circunstancia. Hace once años, la Conferencia Episcopal Uruguaya le confió al P. Sanguinetti una tarea tan importante como compleja: la causa de beatificación de monseñor Jacinto Vera. Lo cual le ha significado sacar de donde no había (es decir, con real sacrificio) muchísimas horas para dedicarlas a investigar y redactar la biografía de nuestro primer santo obispo, según los exigentes requisitos de la Congregación para las Causas de los Santos. Más de una década de perseverante empeño ha dado un fruto extraordinario: 1.600 páginas, en tres volúmenes, que contienen, relatada con rigor histórico, la vida completa del fundador de la Iglesia uruguaya.
Para el recién nombrado obispo de Canelones, el trabajo realizado le ha supuesto una ganancia de altísimo valor: es obvio que conoce mejor que nadie la vida de monseñor Jacinto Vera y su obra, consecuencia de su amor a Dios y a la Iglesia. Y viceversa: en su día, monseñor Vera le deberá en gran medida al P. Sanguinetti el honor de los altares… En suma, creo que es bien legítimo pensar ahora en una relación padrino-ahijado entre quien fue párroco, precisamente, de Canelones, y quien estará al frente de esa diócesis. La Iglesia es Comunión de los Santos. En el tuteo familiar con que a ellos los tratamos, la relación entre los dos podría traducirse así: - Jacinto… - ¿Qué le pasa, m’hijo? - ¿Tú que harías en mi lugar?... Y vendrá el soplo desde el Cielo, sin ninguna duda.
