jueves, 23 de diciembre de 2010

MENSAJE DE NAVIDAD

Quiero desearles a todos una Muy Feliz Navidad. Me gustaría que este deseo, que repetiremos muchas veces durante los próximos días, resonara en el corazón de cada uno dejándole como regalo una alegría nueva y duradera.
¿Se han fijado cómo expresan las madres, sobre todo, la alegría que sienten cuando nace un niño? Siempre dicen lo mismo: "¡es divino!" Y tienen razón: un niño que viene al mundo trae consigo la imagen de Dios y es un misterio que provoca un gran asombro y una enorme alegría, expresadas de esa forma tan cierta.

Cuando nació Jesús, su Madre, la Santísima Virgen, y San José, su esposo, con toda seguridad también dijeron: "¡es Divino!". Esa exclamación tuvo entonces, tiene hoy y tendrá siempre un sentido lleno de real misterio y verdad: porque ese Niño que nació en una gruta de Belén es el mismo Dios que creó el cielo y la tierra, el único Dios verdadero. ¿Cómo no desearnos, entonces, Feliz Nacimiento, Feliz Navidad?
Lo haremos con mayor razón si comprendemos bien por qué Dios se hizo uno de nosotros. En el Catecismo de la Iglesia Católica -aprovecho para recomendarles vivamente que de a poco lo lean, porque así podremos profundizar en el contenido de nuestra fe- se encuentran cuatro motivos por los cuales Dios se encarnó: el primero, como explica san Juan, es éste: "el Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo" (1 Jn 4, 14). A su vez, Dios se hizo hombre como nosotros, sin dejar de ser Dios, para que conociéramos definitivamente el amor que nos tiene. Es el mismo apóstol quien dice: "tanto amó Dios al mundo, que dio a su único Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16).

Por dos motivos más Dios se hace un Niño: para ser nuestro modelo de santidad -"¡escúchenlo!", dirá Dios Padre (Mc 9, 7); "hagan todo lo que Él les diga", nos insistirá la Virgen (Jn 2, 5)- y para hacernos participar de la naturaleza divina: porque Jesús vino al mundo y dio su vida por nosotros, somos ¡hijos de Dios! Si meditamos en estas verdades, seguramente podremos desearnos de corazón una Muy Feliz Navidad.

Meditar en el nacimiento de Jesús es una preciosa tarea en la que intervienen la imaginación, la inteligencia y la voluntad de quien intenta revivir en lo más íntimo de su alma lo que ocurrió hace más de dos mil años. Para esto hace falta leer despacio el relato del Evanegelio y, empezando por el de su nacimiento, seguir contemplando la vida entera de Jesús. En esta, mi primera Navidad minuana, quisiera animarlos a hacer cada día este ejercicio: leer y meditar unos minutos la vida de Jesús. Si somos perseverantes, no duden que llegaremos a experimentar y a hacer nuestro lo que san Pablo escribió emocionado: Él "me amó y se entregó por mí" (Gal 2, 20).
Mientras una madre espera la llegada de su hijo, la atención de sus parientes y amigos está centrada en ella. Una vez que da a luz, el interés se traslada a la criatura que acaba de venir al mundo. Esto le sucedió también a María, aunque en el momento del nacimiento de Jesús estuvo sola. Cuando el ángel les da la noticia a los pastores, habla solamente del Niño: "Vengo a anunciarles una gran alegría, que será para todo el pueblo: hoy les ha nacido en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre" (Mt 2, 10-12). La Virgen es el centro del Adviento. Cuando llega la Navidad, Ella es la primera que, mirando a Jesús, exclama: "¡es Divino!", y nos anima a contemplarlo y a adorarlo: ojalá se mantenga en todos los hogares la costumbre de hacer el pesebre, que nos ayuda mucho a revivir el insondable misterio de amor que es el nacimiento de Dios hecho Niño.

Es por este camino de la meditación y contemplación de la vida de Nuestro Señor como podemos, con la ayuda de la gracia de Dios, aspirar a "tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús" (Fil 2, 5): la comprensión con todos, la entrega a todos, el olvido de sí, la alegría, el empuje apostólico, la valentía... y estaremos en condiciones de ayudar a purificar nuestro ambiente con "el buen olor de Cristo" (2 Cor 2, 5).

Les confieso que me siento abrumado por tantas demostraciones de afecto con que me han recibido en la diócesis y por las oraciones -¡siento sus efectos!- que han elevado a Dios por mí: ¡muchas gracias!

+ Jaime Fuentes
Minas, Navidad 2010

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy Feliz Navidad ! Gracias, por esos detalles, e "hilo conductor", para poder meditar en la oración este gran misterio.
Un fuerte abrazo,
Juan Andrés

j.a.varela dijo...

Feliz Navidad Don Jaime!

Flía Gari dijo...

Muchas gracias por su mensaje de Navidad! que retribuimos con muchísimo cariño, aunque un poco tarde! Deseando que el Señor y la Virgen María lo tengan de Su mano en en este nuevo año. Y como ud. dice que sea un año inmejorable para todos!
Cuenta con nuestras oraciones!

Flía Gari Barbé

Anónimo dijo...

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