miércoles, 22 de julio de 2009

NEWMAN, MAESTRO (1). LA PREDICACIÓN-1



“Si desea una explicación de lo que le ha ocurrido, le sugiero que lo pregunte a Dios”. Este fue el consejo que recibió Jack Sullivan, diácono permanente de 70 años, de la arquidiócesis de Boston, de parte de uno de los médicos que, habiéndolo atendido durante su enfermedad degenerativa de la columna vertebral, lo encontraba curado.
Lo que ignoraba el médico era que Sullivan se había encomendado al Siervo de Dios, Cardenal John Henry Newman, y que éste, como lo ha reconocido hace menos de un mes la Congregación para las Causas de los Santos, había intercedido ante Dios por él para conseguir su curación. Se dice ahora que podría ser el propio Papa Benedicto XVi, quien siente por Newman una especial admiración, el que lo beatifique durante el Año Sacerdotal.
El 22 de enero de 2001, con motivo del segundo centenario del nacimiento de Newman (1801-1890), Juan Pablo II escribió una carta al Arzobispo de Birmingham, en la que auguraba: “Oremos para llegue pronto el tiempo en que la Iglesia pueda oficial y públicamente proclamar la santidad ejemplar del Cardenal John Henry Newman, uno de los más distinguidos y versátiles paladines de la espiritualidad inglesa”. Juan Pablo II, que también nutría una particular admiración por el Cardenal, quiso que los textos del Via Crucis de ese año fueran tomados de los escritos de Newman.
Para un sacerdote o seminarista es una “obligación” conocer a quien es considerado como uno de los “padres espirituales” del Concilio Vaticano II (entre nosotros, Daniel Iglesias ha publicado una excelente introducción a su vida y obra en la revista electrónica “Fe y Razón”) que, además de teólogo extraordinario, fue un sacerdote que cultivó como pocos el arte de la predicación. Los consejos que daba a un seminarista, después de más de 20 años de sacerdote católico, pienso que, en no poca medida, siguen teniendo validez.

“En cuanto al asunto de escribir o pronunciar sermones a que haces referencia, el gran punto parece ser tener ante ti bien determinado el tema; pensar sobre él hasta que lo tengas en tu cabeza perfectamente, tener cuidado que sea un tema, no muchos; sacrificar cualquier pensamiento, aunque sea bueno e inteligente, que no tienda a recalcar tu único tema y busque seria y sumamente que los oyentes se den cuenta cabal de ese tema único. (…) Cada uno debe formar por sí mismo su propio estilo y bajo unas pocas reglas generales, algunas de las cuales ya he mencionado. Primero, un hombre debe hablar con la mayor seriedad, quiero decir, debe escribir, no por el hecho de escribir, sino para sacar a luz sus pensamientos. Jamás debe buscar ser elocuente. Debe tener su idea en vista y escribir oraciones una y otra vez hasta que haya expresado su pensamiento adecuadamente, enérgicamente y en pocas palabras. Debe usar palabras que se entiendan; ornamentación y amplificación podrán venir espontáneamente al debido tiempo pero nunca debe buscarlas. Debe arrastrarse antes de volar, quiero decir: la humildad, que es un gran virtud cristiana, tiene un lugar en la composición literaria. Aquel que es ambiguo nunca escribirá bien. Pero el que trata de decir simple y exactamente lo que siente o piensa, lo que demanda la religión, lo que enseña la fe, lo que promete el Evangelio, será elocuente sin intentarlo, y escribirá mejor inglés que si hubiera estudiado literatura inglesa”. (En “Newman sacerdote”, por Fernando M. Cavaller, en Newmaniana, n. 32, Abril 2001).