sábado, 10 de octubre de 2009

VASIJA DE BARRO (1)



Del MEMORANDUM ESPIRITUAL de Monseñor Soler, que transcribí en el último post, me llamó especialmente la atención cómo insiste en la importancia del examen de conciencia. Y recordé lo que confesaba al respecto Leo J. Trese, en su libro Vasija de barro. Este sacerdote (1902-1970), uno de los más populares escritores espirituales norteamericanos, con sencillez y total sinceridad describe, hora por hora, un día típico de un párroco, desde que se levanta a las 6.30 hasta que se va a dormir a las once y media de la noche. Vasija de barro es un libro que suelo releer: me hace bien verme retratado por Trese con tanta fidelidad como buen humor. Sobre el examen de conciencia escribe esto, que entregaré en dos partes.

En este resquicio tan agradable de un cuarto de hora libre, lamentando por centésima vez haber sido tan empírico en lo que se refiere a lo espiritual, entro en la sacristía. Siempre me toca aprender a fuerza de duros golpes. A pesar de los directores del seminario y de los teólogos de ascética, he tenido que descubrir por mí mismo que uno tiene que meditar o perecer. Más tiempo aún me costó admitir la necesidad de mi examen de conciencia. Lo consideraba como privativo de las monjas y seminaristas, fuera de lugar en la vida de un sacerdote lleno de quehaceres. Poco a poco, sin embargo, me he ido dando cuenta de que la meditación no lo es todo. Los buenos propósitos desaparecen enseguida: a las siete de la mañana me parecía estar en otro mundo; pero a las siete de la tarde de nuevo me sentía muy de éste. Está completamente claro que mi ascética personal tenía el mismo defecto que mi juego de bolos: falta de continuidad en el esfuerzo.
Pienso maravillado, mientras mis rodillas tratan de apoyarse cómodamente en las gradas del altar, en el poder de la gracia divina que consigue ablandar una cabeza tan dura como la mía. Al fin decidí esforzarme en mi examen diario de conciencia. Fue un esfuerzo que se libró del fracaso y del abandono por un estrecho margen, aunque quizás sólo fuera estrecho sólo al parecer, ya que tal margen era nada menos que la gracia de Dios.
Dos dificultades se presentaron al principio. La primera, que tardé en reconocer, fue mi vanidad y mi orgullo. Para el examen, esos pocos minutos me parecía un tiempo exagerado en extremo. Por raro que parezca, me resultaba sumamente fácil ocupar una hora reflexionando sobre el lado bueno de mis supuestos talentos y éxitos, y no era capaz de llenar cinco minutos, por mucha y sincera voluntad que pusiera en ello, pensando en mis defectos. Bueno, no es que yo pretendiera ser un santo; sin embargo, me parecía sinceramente que estaba corriendo a buena media. Aún ahora veo que se sonroja mi cara, con merecida vergüenza, al recordar que tenía a veces que rezar el rosario durante el examen personal, porque ¡no encontraba nada de particular en qué pensar!
Afortunadamente para mí, aguanté bastante tiempo hasta que la bruma empezó a desempañarse del espejo y comencé a verme como era. Ahora comprendo bien por qué durante tanto tiempo quise evadirme del examen personal: tenía mi “hombre viejo” el presentimiento y el temor de una posible revelación. No agrada, aunque sólo sea por una vez, verse sorprendido en mentira. Pero esta guía austera y despiadada que se llama examen de conciencia me agarraba siempre cuando estaba más agradablemente ilusionado.