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jueves, 14 de octubre de 2010

¡CHI-CHI-CHI... LE-LE-LE!...

Los chilenos lloran de emoción y con ellos lloramos en todo el mundo. Los mineros han rezado en las entrañas de la tierra y, al salir de ella, no pocos se han arrodillado a dar gracias a Dios. Los invito a rezar, meditándololas, estas estrofas del salmo 139.





“Señor, Tú me examinas y me conoces.
Tú sabes cuándo me siento y me levanto.
Penetras desde lejos mis pensamientos…

¿Adónde alejarme de tu espíritu?
¿Adónde huir de tu presencia?
Si subo al cielo, allí estás Tú;
si bajo hasta el seol, allí te encuentras.
Si monto en las alas de la auroa
y habito en los confines del mar,
también allí me guiará tu mano,
me sujetará tu diestra…

Si digo: “que al menos me cubran las tinieblas
y la luz se haga noche en tono a mí!”.
Tampoco las tinieblas son para ti oscuras,
pues la noche brilla como el día;
las tinieblas, como la luz.

Tú has formado mis entrañas,
me has plasmado en el vientre de mi madre.
Te doy gracias porque me has hecho como un prodigio:
tus obras son maravillosas, bien lo sabe mi alma.

No se te ocultaban mis huesos
cuando en secreto iba yo siendo hecho,
cuando era formado en lo profundo de la tierra.

¡Qué profundos son para mí,
tus pensamientos, Dios mío, qué grande su número!”

viernes, 17 de abril de 2009

APÓSTOL DE LA MISERICORDIA DIVINA

Más que la fecha exacta (2 de abril de 2005), me gusta recordar que Juan Pablo II falleció en la víspera del segundo domingo de Pascua de 2005, que vamos a celebrar mañana. Me gusta recordarlo porque fue él quien, en el año 2000, dispuso que ese domingo, el segundo de este tiempo precioso que es el tiempo pascual (¡Jesús Resucitado es fascinante!), comenzara a denominarse en la Iglesia, "Domingo de la Misericordia Divina". Y fue entonces, poco después de participar lúcidamente en la Misa de ese domingo, celebrada a los pies de su cama por su secretario, don Estanislao, cuando se cumplió el deseo que Juan Pablo II había manifestado tenuemente y amorosamente en su agonía: "Déjenme partir a la casa del Padre".

Creo que si algo necesita hoy el mundo es la misericordia infinita de Dios: ¿es necesario enumerar los motivos?... Sólo quisiera recordar lo que el Papa decía un año antes de irse al cielo: "celebramos el domingo de la Misericordia divina. El Señor nos envía también a nosotros a llevar a todos su paz, fundada en el perdón y en la remisión de los pecados. Se trata de un don extraordinario, que quiso unir al sacramento de la penitencia y de la reconciliación. ¡Cuánta necesidad tiene la humanidad de experimentar la eficacia de la misericordia de Dios en estos tiempos, marcados por una incertidumbre creciente y por conflictos violentos!".

Y el año anterior había invocado especialmente a la Virgen "como Madre de la Misericordia divina, orando por toda la familia humana, conscientes de que sólo en la misericordia de Dios el mundo puede encontrar la paz".

Desde entonces hasta hoy, me parece que cada día aumentan los motivos para rezar más y con mayor devoción la Salve.

lunes, 13 de abril de 2009

¡FELICES PASCUAS!


¡Jesús, que murió en la Cruz el Viernes Santo, vive y ya no muere más!... ¡Felices Pascuas!
Quisiera ser poeta, porque eso tan Grande sólo se puede describir con sensibilidad de artista. Recurro a José Miguel Ibáñez, invitándolos a escribir JESÚS, ¡naturalmente!, donde él dice Dios.

Yo canto y bailo porque Dios existe
y el corazón me ronca en las entrañas
porque Dios existe ¡no se dan cuenta!
ando por la calle riéndome solo
de puro gusto ¡porque Dios existe!
de noche despierto bañado en lágrimas
y si es de día les ofrezco un brindis
porque Dios existe ¡salud a todos!
permítanme que dé unos pocos saltos
y que nadie esté triste ¡vive Dios!

viernes, 10 de abril de 2009

VIERNES SANTO


No me mueve, mi Dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido,

muéveme ver tu cuerpo tan herido,

muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,

pues aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.

jueves, 2 de abril de 2009

LA PARÁBOLA DEL PERRO

De Madrid me mandaron esta foto conmovedora… Y me vino al recuerdo “La parábola del perro” que escribió hace años el P. Horacio Bojorge, s.j., conocido sacerdote uruguayo.
En esta Semana Santa, que ya comienza, crecemos en amor de Dios viviendo las ceremonias litúrgicas, en primer lugar, y ocupando en la Pasión y Muerte de Jesús el lugar que más nos guste, que bien puede ser el del perro de esta “parábola”, de la que solamente he copiado unos versos.

Cuando quise saber cómo hay que orar,
recurrí en vano a libros y teorías.
Miré a mi perro. Y éste –sin hablar-
me enseñó, con su ejemplo, lo que haría
si Dios fuera mi dueño y yo, su can.

Y todo quedó claro como el día.
¡Cuánto nos pueden enseñar los canes,
con su llano, modesto, humilde ejemplo,
con sinceras posturas y ademanes
a adorar al Señor sin fingimientos;
a acudir a rogarle que nos sane
y a volcar ante Él los sentimientos!

Lo primero es que un perro,
no menea su cola
ante un concepto ni una idea.
Venera a un dueño real. Que, o bien lo mima
o, si se cuadra, se enoja y lo patea.
Jamás confunde lo que se imagina
con lo que está presente y se olfatea.

¿Y saben lo que me hace pensar eso?
Que hay gente que no reza, o reza mal,
porque toma por Dios al propio seso.
Y extraviada en sus modos de pensar
le pierde el rastro a la Presencia real
de Dios, que está en Jesús en carne y hueso.

El punto es capital, por eso insisto.
El Dios vivo, el Dios real –no imaginado-
el Dios tal como Él es y se ha mostrado
y está presente hoy, es Jesucristo
en su existencia de resucitado.

Si Jesucristo es Dios, Dios en persona
y quiero ser su fiel –fiel como un perro-
el perro nuevamente me alecciona
y me permite examinar si yerro.

El perro de Jesús –si es que lo tuvo-
viéndolo muerto en cruz, ¿qué es lo que haría?
¿Verdad que allí, a sus pies, se tiraría
a morirse de pena? ¡No lo dudo!

¿Y yo?... Cuando contemplo el crucifijo…
¿Siento en mí más dolor, siento más pena?
¿Es tanta la aflicción con que me aflijo?
¿O estoy ante la Cruz como una hiena,
sin piedad, sin dolor, sin compromiso…?
Si su muerte -¡por mí!- me deja frío,
¡el proceder del perro me condena!