El próximo jueves Benedicto XVI viaja al Reino Unido. Desde Roma llegará a Edimburgo, en cuyo aeropuerto será recibido por el Príncipe Felipe. De este modo, la Casa Real, que tiene por norma no recibir a ninguna autoridad, expresará su más alta consideración hacia el Pontífice.El motivo central de la visita es la beatificación de un hombre extraordinario, por quien el Papa siente predilección: John Henry Newman (Londres, 1801-Birmingham 1890), sacerdote anglicano primero, profesor y capellán de la Universidad de Oxford, experto conocedor de los primeros siglos de la historia de la Iglesia, escritor profundo y original y, sobre todo, poseedor de una rectitud de conciencia que le llevó, después de un periplo de no pocos años de estudio, de luchas internas y externas y de intensa oración, a dar el gran paso e ingresar en la Iglesia Católica, aun sabiendo perfectamente que, de ahí en más, pasaría al olvido en el mundo intelectual inglés.
El 9 de octubre de 1845, Newman es recibido en la Iglesia y un año más tarde, en Roma, fue ordenado sacerdote. Vuelve a Inglaterra y comienza su nueva vida. Además de una intensa labor pastoral, deberá encargarse, por petición de la jerarquía, de fundar la Universidad Católica de Dublín. Sigue predicando y escribiendo. Cuando es acusado de haberse convertido fraudulentamente, redacta por entregas la Apologia de vita sua. Historia de mis ideas religiosas, que le rehabilita ante el público. Siempre actuará, según lo explicó una vez el cardenal Ratzinger, según “su conciencia, que lo condujo desde los antiguos vínculos y las antiguas certezas, al mundo para él difícil e inusual del catolicismo. Pero precisamente esta vía de la conciencia es algo distinto a una vía de la subjetividad que se afirma a sí misma: es, en cambio, una vía de la obediencia a la verdad objetiva”.
Casi al final de su vida, la Universidad de Oxford reconoció a Newman y en diciembre de 1877 el Trinity College lo nombró su primer miembro honorario. En 1889, a los 89 años de edad, el Papa León XIII lo nombró Cardenal de la Iglesia Católica.
Benedicto XVI lo beatificará durante la Misa del domingo 19, en Birmingham. Los días anteriores estará en Glasgow y Londres, donde tendrá diversas celebraciones y encuentros de carácter ecuménico que le llevarán a pronunciar, en total, 14 discursos. Este domingo, al terminar el rezo del Ángelus, el Papa pidió expresamente oraciones por su viaje a Inglaterra, que tiene una importancia fuera de lo común.
Antes de su conversión, Newman fue el gran impulsor del Movimiento de Oxford, que se había propuesto revitalizar la Iglesia anglicana. Actualmente, esa misma Iglesia se encuentra en profunda crisis: la ordenación de mujeres sacerdotes y obispos, y de homosexuales, y el subjetivismo moral dominante, ha llevado a que muchos miles de sus miembros miren con esperanza a la Iglesia Católica. Es lo que reflejaba Benedicto XVI en la introducción de la Constitución Apostólica Anglicanorum coetibus, del 4 de noviembre de 2009, por la cual les ha facilitado la plena comunión con ella: “En estos últimos tiempos el Espíritu Santo ha impulsado a grupos de anglicanos a pedir en varias ocasiones e insistentemente ser recibidos, también corporativamente, en la plena comunión católica y esta Sede apostólica ha acogido benévolamente su solicitud. El Sucesor de Pedro, que tiene el mandato del Señor Jesús de garantizar la unidad del episcopado y de presidir y tutelar la comunión universal de todas las Iglesias, no puede dejar de predisponer los medios para que este santo deseo pueda realizarse”.





En cuanto a las jóvenes generaciones, la niña de los ojos de Juan Pablo II, para quienes instituyó las Jornadas Mundiales de la Juventud, de las cuales la más grande fue precisamente la del Jubileo, Benedicto XVI sabe bien que el futuro de la fe en Occidente se juega en buena medida en ellas. También en Italia, el país de Europa en el que la Iglesia sigue teniendo una presencia sólida y difusa, ya se entrevén las señales de la caída. Una investigación realizada para "El Reino" del profesor Paolo Segatti, de la Universidad de Milán, ha evidenciado un neto distanciamiento entre los nacidos en 1981: de la práctica religiosa, de la oración, de la fe en Dios, de la confianza en la Iglesia. Cuando estos jóvenes tengan hijos, la transmisión de la fe católica a las futuras generaciones sufrirá una drástica interrupción. El "patio de los gentiles" deberá hacerles un lugar también a ellos.
La vía dolorosa de la Iglesia de hoy contrasta cruelmente con la gloriosa alegría del Jubileo del 2000, apogeo del pontificado de Juan Pablo II. Sin embargo, cuando se hurga un poco sobre qué fue de verdad ese año de gracia, se descubre que la Iglesia de Benedicto XVI simplemente convierte en realidad lo que aquel anunciaba.




Ayer pude ir al Verdún. Y, como siempre, encontré allí a “la Iglesia real uruguaya”, la que está formada por miles de mujeres y hombres sencillos, que no son noticia, que quieren a la Virgen, que rezan, que suben al cerro –descalzos muchos de ellos- donde se venera la imagen de la Inmaculada desde hace más de un siglo; que están bien al corriente de tantas cosas tristes como están pasando en la Iglesia y, no obstante, ni por un instante pensaron en dejar sola a la Madre en este día de fiesta patria, 19 de abril, en el que celebramos el comienzo del proceso histórico que nos llevaría a ser un país independiente. 
cional el templete y la capilla del Verdún. Después subí al cerro, hasta llegar a la imagen de la Inmaculada: le encomendé al Papa, a la Iglesia, a los sacerdotes; le pedí vocaciones sacerdotales. En el viaje de vuelta –sol radiante- entendí la parábola: niebla, temor, esperanza, luz… La Iglesia
y la Virgen, la Madre y sus hijos. Un manto de amor celeste cobija a la Iglesia en el Uruguay.






