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jueves, 6 de mayo de 2010

¿LA PASTORAL SUPERADA?...

Ayer de tarde, cuando estaba en el confesonario, se acercó una señora para decirme: - ¿Escuchó lo que dijo el Papa esta mañana? – No, le respondí. Y ella, que lo había visto en televisión, comentó en la rejilla: - Bueno, pero está en la línea, ¡gracias! Y se fue.
Esta mañana, yendo al sitio del Vaticano (
www.vatican.va), entendí a la señora. El Papa habló una vez más sobre los sacerdotes y, en concreto, de la misión de santificar que tenemos en la Iglesia. Entre otras muchas cosas que hay que leer y meditar dijo:

En las últimas décadas, se han dado tendencias orientadas a hacer prevalecer, en la identidad y en la misión del sacerdote, la dimensión del anuncio, separándola de la santificación; a menudo se ha afirmado que sería necesario superar una pastoral meramente sacramental. Pero, ¿es posible ejercer auténticamente el Ministerio sacerdotal “superando” la pastoral sacramental? ¿Qué significa en realidad para los sacerdotes evangelizar, en qué consiste la así llamada “primacía del anuncio”? Como se lee en el Evangelio, Jesús afirma que el anuncio del Reino de Dios es la finalidad de su misión; este anuncio, sin embargo, no es sólo un “discurso”, sino que incluye, al mismo tiempo, su mismo actuar; los signos, los milagros que Jesús hace, indican que el Reino viene como una realidad presente y que coincide al final en su misma persona, con el don de sí. Y lo mismo vale para el ministro ordenado: él, el sacerdote, representa a Cristo, el Enviado del Padre, continúa su misión mediante la “palabra” y el “sacramento”, en esta totalidad de cuerpo y alma, de signo y palabra. (…) Es necesario reflexionar si en algunos casos, el haber infravalorado el ejercicio fiel del munus sanctificandi, no habrá quizás representado un debilitamiento de la misma fe en la eficacia salvífica de los sacramentos y, en definitiva, en el obrar actual de Cristo y de su Espíritu, a través de la Iglesia, en el mundo.


Es importante promover una catequesis adecuada para ayudar a los fieles a comprender el valor de los sacramentos, pero es también necesario, siguiendo el ejemplo del Santo Cura de Ars, estar disponibles, ser generosos y estar atentos para dar a los hermanos el tesoro de la gracia que Dios ha puesto en nuestras manos y del cual no somos los “patrones”, sino custodios y administradores. Sobre todo en nuestro tiempo, en el cual por una parte parece que la fe se va debilitando y, por otra, emerge una profunda necesidad y una difundida búsqueda de espiritualidad, es necesario que cada sacerdote recuerde que, en su misión, el anuncio misionero y el culto y los sacramentos nunca pueden estar separados, y que promueva una sana pastoral sacramental, para formar al Pueblo de Dios y ayudarlo a vivir en plenitud la Liturgia, el culto de la Iglesia, los sacramentos como dones gratuitos de Dios, actos libres y eficaces de su acción de salvación.


(…) Cada presbítero sabe bien que es un instrumento necesario para la actuación salvífica de Dios, pero siempre y sólo instrumento. Esta conciencia debe hacerlo humilde y generoso en la administración de los sacramentos, en el respeto de las normas canónicas, pero también en la profunda convicción de que la propia misión es hacer que todos los hombres, unidos a Cristo, puedan ofrecerse a Dios como hostia viva y santa agradable a Él (cfr. Rm 12, 1).
Acerca de la primacía del munus sanctificandi y de la justa interpretación de la pastoral sacramental, es una vez más san Juan María Vianney, quien nos da ejemplo. Un día, frente a un hombre que decía que no tenía fe y deseaba discutir con él, el párroco le respondió: “¡Oh, amigo mío!, está mal encaminado, yo no sé razonar… pero si tiene necesidad de algún consuelo, vaya allá (su dedo indicaba el inexorable asiento (del confesonario) y créame, muchos se han puesto antes que usted y no se arrepintieron” (cfr. Monnin A., Il Curato d'Ars. Vita di Gian-Battista-Maria Vianney, vol. i, Torino 1870, pp. 163-164).


Queridos sacerdotes, vivid con alegría y amor la Liturgia y el culto: es acción que el Resucitado cumple con la fuerza del Espíritu Santo en nosotros y por nosotros. Quisiera renovar la invitación que hice recientemente a “volver al confesonario, como lugar en el cual se celebra el sacramento de la Reconciliación, pero también como lugar en el que se está más a menudo para que el fiel pueda encontrar misericordia, consejo y consuelo, sentirse amado y comprendido por Dios y experimentar la presencia de la Misericordia Divina, junto a la Presencia real en la Eucaristía” (Discurso a la Penitenciaría Apostólica, 11 marzo 2010).

miércoles, 9 de diciembre de 2009

EL MARKETING ES IMPORTANTE

Los americanos son especialistas en marketing, los mejores del mundo. Y cuando lo aplican a las cosas de la fe, los resultados son excelentes. Tiempo de Adviento, tiempo de conversión... ¿Cómo presentar la necesidad y la importancia de la Confesión? Vean este video cortito...

lunes, 29 de junio de 2009

NO LLUEVE SOBRE MOJADO...

Escribí el 26 de junio, día de su fiesta, cómo recordaba a san Josemaría, sacerdote apasionadamente enamorado de la Confesión. Ahora ofrezco un video cortito, que recoge algunos momentos en los que, ante miles de personas, predicaba sobre este sacramento.

martes, 23 de junio de 2009

HILO GRUESO PARA RUMIAR

Cuando empieza el invierno las cosas se complican, al menos para mí, y el arranque de estación suele mandarme a la cucha un par de días. Entre varias ventajas, esta situación me ha permitido leer y rumiar la carta que el Papa nos escribió a los sacerdotes, con motivo del comienzo del Año Sacerdotal. Ya la había leído entera, pero lo que escribe Benedicto XVI me exige varias lecturas: en la primera, me entero de su contenido, en general; en la segunda, más atenta, reparo en el hilo grueso que la recorre y trato de destacarlo; después viene el momento de rumiar lo subrayado; más tarde... En fin, para qué aburrirlos con algo tan personal...
El caso es que, leyéndola por segunda vez, me ha llamado la atención cuánto espacio le dedica el Papa a presentar la importancia que le dio el Cura de Ars al sacramento de la Confesión y, poniéndolo de ejemplo, cómo nos pide a los sacerdotes que lo imitemos. Reproduzco, pues, lo que escribe sobre el tema, subrayando por mi parte lo que más tarde pienso rumiar.

"Esta identificación personal con el Sacrificio de la Cruz lo llevaba -con una sola moción interior- del altar al confesonario. Los sacerdotes no deberían resignarse nunca a ver vacíos sus confesonarios ni limitarse a constatar la indiferencia de los fieles hacia este sacramento. En Francia, en tiempos del Santo Cura de Ars, la confesión no era ni más fácil ni más frecuente que en nuestros días, pues el vendaval revolucionario había arrasado desde hacía tiempo la práctica religiosa. Pero él intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus parroquianos redescubriesen el significado y la belleza de la Penitencia sacramental, mostrándola como una íntima exigencia de la presencia eucarística. Supo iniciar así un "círculo virtuoso". Con su prolongado estar ante el sagrario en la Iglesia, consiguió que los fieles comenzasen a imitarlo, yendo a visitar a Jesús, seguros de que allí encontrarían también a su párroco, disponible para escucharlos y perdonarlos. Al final, una muchedumbre cada vez mayor de penitentes, provenientes de toda Francia, lo retenía en el confesonario hasta 16 horas al día. Se comentaba que Ars se había convertido en "el gran hospital de las almas". Su primer biógrafo afirma: "La gracia que conseguía [para que los pecadores se convirtiesen] era tan abundante que salía en su búsqueda sin dejarles un momento de tregua". En este mismo sentido, el Santo Cura de Ars decía: "No es el pecador el que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo quien va tras el pecador y lo hace volver a Él". "Este buen Salvador está tan lleno de amor que nos busca por todas partes".
Todos los sacerdotes hemos de considerar como dirigidas personalmente a nosotros aquellas palabras que él ponía en boca de Jesús: "Encargaré a mis ministros que anuncien a los pecadores que estoy siempre dispuesto a recibirlos, que mi misericordia es infinita". Los sacerdotes podemos aprender del Santo Cura de Ars no sólo una confianza infinita en el sacramento de la Penitencia, que nos impulse a ponerlo en el centro de nuestras preocupaciones pastorales, sino también el método del "diálogo de salvación" que en él se debe entablar. El Cura de Ars se comportaba de manera diferente con cada penitente. Quien se acercaba a su confesonario con una necesidad profunda y humilde del perdón de Dios, encontraba en él palabras de ánimo para sumergirse en el "torrente de la divina misericordia" que arrastra todo con su fuerza. Y si alguno estaba afligido por su debilidad e inconstancia, con miedo a futuras recaídas, el Cura de Ars le revelaba el secreto de Dios con una expresión de una belleza conmovedora: "El buen Dios lo sabe todo. Antes incluso de que se lo confeséis, sabe ya que pecaréis nuevamente y sin embargo os perdona. ¡Qué grande es el amor de nuestro Dios que le lleva incluso a olvidar voluntariamente el futuro, con tal de perdonarnos!". A quien, en cambio, se acusaba de manera fría y casi indolente, le mostraba, con sus propias lágrimas, la evidencia seria y dolorosa de lo "abominable" de su actitud: "Lloro porque vosotros no lloráis", decía. "Si el Señor no fuese tan bueno... pero lo es. Hay que ser un bárbaro para comportarse de esta manera ante un Padre tan bueno". Provocaba el arrepentimiento en el corazón de los tibios, obligándoles a ver con sus propios ojos el sufrimiento de Dios por los pecados como "encarnado" en el rostro del sacerdote que los confesaba. Si alguno manifestaba deseos y actitudes de una vida espiritual más profunda, le mostraba abiertamente las profundidades del amor, explicándole la inefable belleza de vivir unidos a Dios y estar en su presencia: "Todo bajo los ojos de Dios, todo con Dios, todo para agradar a Dios... ¡Qué maravilla!". Y les enseñaba a orar: "Dios mío, concédeme la gracia de amarte tanto cuanto yo sea capaz".

Se entregaba totalmente a su propia vocación y misión con una ascesis severa: "La mayor desgracia para nosotros los párrocos -deploraba el Santo- es que el alma se endurezca"; con esto se refería al peligro de que el pastor se acostumbre al estado de pecado o indiferencia en que viven muchas de sus ovejas. Dominaba su cuerpo con vigilias y ayunos para evitar que opusiera resistencia a su alma sacerdotal. Y se mortificaba voluntariamente en favor de las almas que le habían sido confiadas y para unirse a la expiación de tantos pecados oídos en confesión. A un hermano sacerdote, le explicaba: "Le diré cuál es mi receta: doy a los pecadores una penitencia pequeña y el resto lo hago yo por ellos". Más allá de las penitencias concretas que el Cura de Ars hacía, el núcleo de su enseñanza sigue siendo en cualquier caso válido para todos: las almas cuestan la sangre de Cristo y el sacerdote no puede dedicarse a su salvación sin participar personalmente en el "alto precio" de la redención.