Uruguay necesita sacerdotes, formados a la medida del Corazón de Jesús. Sacerdotes entregados, piadosos, ilustrados, optimistas; sacerdotes formados según el modelo de nuestro primer santo obispo, monseñor Jacinto Vera. En nuestras manos está el alma del Uruguay que queremos.
jueves, 2 de septiembre de 2010
LA HISTORIA DE UN LETRERO
domingo, 25 de julio de 2010
CON LOS OJOS BRILLANTES
Hay un tema realmente importante para los sacerdotes: ¿cómo hablar de Dios, de Jesucristo, del vivir en cristiano, de manera que llegue, que mueva, que ilusione, que entusiasme?Animo a mis hermanos sacerdotes a que busquen 20 minutos para sentarse cómodamente delante de la pantalla de su PC y, mientras ven y escuchan a Benjamín Zander, director de la Orquesta Filarmónica de Boston, que rueguen al Señor que nos dé un poquito de esta formidable capacidad de llegar, de mover, de ilusionar y entusiasmar que tiene este hombre.
Como vale la pena verlo en pantalla completa, aquí está el sitio para abrirlo:
http://www.youtube.com/watch?v=71w-oasL6iQ
Al terminar, estoy seguro que desearemos con fuerza que quienes escucharon una de nuestras homilías, vuelvan a sus casas con los ojos brillantes.
lunes, 23 de noviembre de 2009
UN POCO DE BONDAD (2)
Y tan necesario, además. Necesario, sí, si es que uno quiere tener alguna esperanza al encararse con el Juicio final. Si echo una mirada sobre mis veintitantos años de sacerdocio, me es imposible recordar un solo caso de un apóstata que dijera que él dejó la Iglesia por ser su párroco un borracho o un libertino. Pero todos los dedos de la mano no bastan para contar los ex católicos que “han tenido peleas con el sacerdote”, “una discusión con el Padre Griper”, “el cura me ha dicho que me vaya y no vuelva más”, “el cura me dijo que era una mala persona”, y así sucesivamente, con todas las variantes de sobra conocidas por los que visitan la parroquia. En muchos casos esto no son más que pretextos. Sin embargo…

Sería maravilloso, pienso, que nosotros, los sacerdotes, fuéramos considerados como una clase distinta, como “los seres más amables del mundo”. Pasaron ya aquellos tiempos en que el clero se consideraba como la corporación más sabia de la tierra. Hubo una época de materialismo e incredulidad en que se nos negaba ser el grupo más honrado el mundo. Nuestros compromisos con el espíritu del siglo hacen dudoso que podamos ahora reivindicar el campeonato del ascetismo. Pero la amabilidad… ¡tendría que sernos fácil! Debería sérnoslo, aunque jamás sea patrimonio de un grupo, sino de cada individuo.
A mi memoria viene, de pronto, el recuerdo de los funerales del Padre Félix, mientras dibujo unas cejas en esta cara que desaliñadamente ha dibujado mi lápiz. Asistí a su entierro, precisamente la semana pasada.
En casi todos los bancos pude observar ojos llorosos y narices enrojecidas; y lloraban no precisamente porque estuvieran constipados. Como conocía al Padre Félix, casi podía leer en la expresión de aquellos rostros: “Era un hombre tan amable”. Nunca lo había pensado antes, pero me di cuenta entonces de que también había asistido a otros muchos entierros de sacerdotes en que la gente, con los ojos secos, había contemplado el paso del cortejo fúnebre. Qué horrible cuadro se me representó cuando pensé por primera vez: los verdaderos hijos en Cristo del sacerdote asisten, impasible la mirada, al entierro de su padre.
¿Llorarán en mis funerales?, me pregunto al tiempo de arrancar el papel que acabo de dibujar y echarlo al cesto. No es que me produzca ahora particular placer el pensamiento de caras llorosas. Pero las lágrimas pueden ser para un juez justo una prenda de misericordia merecida por haberla tenido. ¡Qué homenaje tan maravilloso para un sacerdote si sobre su tumba se pudiera grabar, sin temor de contradicción: “Era amable”!
Pero suena la campanilla. Es Joe.
miércoles, 11 de noviembre de 2009
UN POCO DE BONDAD (1)

Hablando con él de unas y otras cosas, haciendo lo posible para que se encontrara a gusto, supe que vivía a varias millas de distancia, en otra parroquia. Entonces, ¿por qué venía a la mía? “Pues, sí –explicó Joe-, he estado queriendo hablar con un sacerdote desde hace algún tiempo y me sentía como asustado. Hace unos días, estando con Charlie Ort en su surtidor de gasolina, me dijo que a usted se le abordaba fácilmente y que nunca se enfadaba con nadie. Por eso me decidí a verle”.
Cerré mis ojos en una súbita pero ferviente acción de gracias por no conocerme Charlie tan bien como supone. Desde entonces Joe y yo nos entendemos de primera.
Mientras seguía esperándole volví a dar vueltas en mi cabeza a la importancia que tiene un poco de bondad. Es, como la mostaza evangélica, una semilla pequeñísima y cuyas ramas llegan a extenderse tan lejos. Cada vez más, al paso de los años, a medida que me enredo en la red de la rutina y las pequeñeces, mis sueños juveniles de ser un verdadero misionero en el trabajo se han ido, poco a poco, desvaneciendo. A medida que se me va haciendo más costoso ir a casa de alguien, me he ido escudando en el pretexto de que soy un sacerdote al que, impulsado por la gracia, sin miedo y confiadamente, deben venir los demás. Tomo, pues, de nuevo la resolución de rezar con más perseverancia para conservar la amabilidad y estar vigilante contra cualquier fracaso.
Tan fácil resulta caer. Tan fácil pagar con los monaguillos el mal humor de la mañana. Tan fácil tomarla con los niños que, corriendo por el pasillo y jugando, chillan cerca de mi ventana y turban mi reposo. Tan fácil ser bruscos cuando suena el teléfono, a una hora intempestiva, para hacer una pregunta que se contestó en las advertencias del domingo pasado. Tan fácil desahogarse con una feligresa chismosa, al saber que han puesto públicamente en duda mi infalibilidad. Tan fácil desesperarse contra el presidente de la Hermandad, cuya irresponsable juventud ha echado por tierra un proyecto mimado. Tan fácil mandar a su sitio al testarudo presidente de la Junta Parroquial que se muestra demasiado arrogante en su ignorancia…
lunes, 5 de octubre de 2009
UNA PERLA ESPIRITUAL
2. ¿Quieres como debes ser santo y ganar muchos méritos? Haz todo por amor de Dios, por agradarle. ¿Te repugna alguna obligación? Hazlo por amor de Dios. ¿Estudias? ¿Cumples con tu ministerio?, ¿Comes, te recreas etc? Sea todo por agradar a Dios. Dulce más que la miel es la mortificación cuando es sufrida por amor de Dios. Por eso ¡cuánto gozaban los mártires al ser quemados vivos! ¡Y tú no quieres sufrir nada!...
3. Para tener santa paz y gozar de medio paraíso en la tierra, sea tu máxima: “conformidad con la voluntad divina en todo”. Sufrimiento por tanto, en las adversidades, alegría y valor en las tribulaciones y generosidad para con tu Dios en hacer siempre y bendecir su santa voluntad. La indiferencia en todo, recomendada por los santos, consiste en el abandono a la divina voluntad, no en la inercia, apatía y misantropía. ¿Quién más activo, social y sensible que un san Francisco de Sales y una santa Teresa de Jesús?
4. ¿Quieres, como debes, mantenerte en gracia, sin pecado? Jamás dejes de hacer oración mental, y esto aunque experimentes suma aridez. No la omitas nunca, si no es que te lo impide alguna vez tu ministerio (pero en este caso súplanla fervientes jaculatorias), porque es dejar a Dios por Dios. Y si a pesar de ello llegas a caer, pronto te levantarás; porque todo puede estar junto, menos oración mental y pecado.
5. Ya que es tanta tu flaqueza, ve quitándote los defectos con examen cotidiano particular, empezando por ejemplo, por los más dominantes, por los pecados capitales, etc. Examínate igualmente cómo haces la meditación, dices el Santo Oficio y la Misa. Jamás olvides el santo Rosario si quieres ser verdadero devoto de María, a quien debes recurrir en todas tus necesidades.

6. Al celebrar o consagrar, para crecer en amor de Dios y horror al pecado, acuérdate que el Dios que tanto has ofendido, en vez de arrojarte al infierno, te hizo ministro suyo. ¡Qué ingratitud si le ofendes más! Al consumir pídele la gracia de conservarte puro y ser su verdadero ministro.
7. Para conservarte en el santo temor de Dios y corregir tu vida, haz todos los años los Santos Ejercicios y un día de retiro con la frecuencia que puedas.
8. Para conservar siempre la tranquilidad e igualdad de espíritu, no sólo procurarás resolver y determinar en todas las cosas lo que más sea del agrado y servicio de Dios, sino también procurar la santa indiferencia, cualquiera sea el éxito. Por tanto, jamás emprendas cosa alguna sin consultarla con Dios y con algún sacerdote espiritual, celoso e ilustrado.
9. Debes, como ministro de Dios, ser celoso por la gloria del Señor y salvación de las almas, y no debes arredrarte por las dificultades del apostolado. Aparéjate, pues, con fortaleza en el cumplimiento de tu cargo, para ser contrariado y perseguido por el mundo y quizás por los mismos eclesiásticos, que a las veces lo permita Dios para mayor acrisolamiento de la virtud. Entonces acuérdate que eres ministro de Cristo crucificado.
10. Debes ser celoso, pero no idólatra del propio buen nombre. Las injurias y calumnias con el desprecio se desvanecen, con la ira se les da importancia. ¡Cuán manso no debe ser un ministro del mansísimo Cordero! Procura dar edificación al prójimo aún en el trato, evitando ligerezas y chabacanerías secularescas. Sé dulce, pero grave en el trato y conversación con los demás.
11. La peor falta del hombre público es estar de mal humor. Muéstrate y sé benigno y afable con todos; así lo exige la caridad cristiana, pues ¿qué otra cosa es la urbanidad, sino la caridad aplicada a las costumbres?
jueves, 17 de septiembre de 2009
TRABAJAR EN LA IGLESIA
opio estado.La profundización armónica, correcta y clara de la relación entre sacerdocio común y ministerial, constituye actualmente uno de los puntos más delicados del ser y de la vida de la Iglesia. El número exiguo de presbíteros podría llevar a las comunidades a resignarse a esta carencia, tal vez consolándose con el hecho de que la misma pondría mejor de manifiesto el papel de los fieles laicos. Pero no es la falta de presbíteros la que justifica una participación más activa y numerosa de los laicos. En realidad, cuanto más toman conciencia los fieles de sus responsabilidades en la Iglesia, tanto más sobresale la identidad específica y el papel insustituible del sacerdote como pastor de toda la comunidad, como testigo de la autentificad de la fe y dispensador, en nombre de Cristo Cabeza, de los misterios de la salvación. (…) La función del presbítero es esencial e insustituible para el anuncio de la Palabra y la celebración de los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía, memorial del Sacrificio supremo de Cristo, que da su Cuerpo y su Sangre. Por eso urge pedir al Señor que envíe obreros a su mies; además, es preciso que los sacerdotes manifiesten la alegría de la fidelidad a la propia identidad con el entusiasmo de la misión. (…) En la situación actual, en que muchos de vosotros os veis obligados a organizar la vida eclesial con pocos presbíteros, es importante evitar que tal situación sea considerada normal o típica del futuro. (…) Debéis concentrar los esfuerzos para despertar nuevas vocaciones sacerdotales y encontrar los pastores indispensables para vuestras diócesis, ayudándoos mutuamente para que todas dispongan de presbíteros mejor formados y más numerosos, para sustentar la vida de fe y la misión apostólica de los fieles.
lunes, 24 de agosto de 2009
LOS FUTUROS SACERDOTES (2)
La dificultad sobre la cual quisiera atraer la atención de ustedes supera la cornisa de un simple conflicto generacional. Mi generación, insisto, ha identificado la apertura al mundo con la conversión a la secularización, frente a la cual ha experimentado una cierta fascinación. Por el contrario, los más jóvenes han nacido efectivamente en la secularización, la cual representa su ambiente natural, y la han asimilado con la leche nutricia, pero buscan ante todo tomar distancia de ella y reivindican su identidad y sus diferencias.
¿Adaptación al mundo o contestación?
Existe ahora en las Iglesias europeas, y quizás también en la Iglesia americana, una línea divisoria, a veces de fractura, entre una corriente "conciliadora" y una corriente "contestataria".
La primera nos lleva a observar que existen en la secularización valores de fuerte matriz cristiana, como la igualdad, la libertad, la solidaridad y la responsabilidad, razón por la cual debe ser posible llegar a acuerdos con tal corriente y a identificar los campos de cooperación.
La segunda corriente, por el contrario, invita a tomar distancia. Considera que las diferencias o las oposiciones, sobre todo en el campo ético, llegarán a ser cada vez más marcadas. En consecuencia, propone un modelo alternativo al modelo dominante, y acepta
sostener el rol de una minoría contestataria.La primera corriente ha resultado ser la predominante luego del Concilio; ha proporcionado la matriz ideológica de las interpretaciones del Vaticano II que se han impuesto a fines de los años Sesenta y en la década siguiente.
Las cosas se han invertido a partir de los años Ochenta, sobre todo -pero no exclusivamente- por la influencia de Juan Pablo II. La corriente "conciliadora" ha envejecido, pero sus adeptos detentan todavía los puestos clave en la Iglesia. La corriente del modelo alternativo se ha reforzado considerablemente, pero todavía no se ha convertido en dominante. Así se explicarían las tensiones del momento en numerosas Iglesias de nuestro continente.
No me sería difícil ilustrar con ejemplos la contraposición que he descrito en líneas generales.
Las universidades católicas se distribuyen hoy según esta línea divisoria. Algunas juegan la carta de la adaptación y de la cooperación con la sociedad secularizada, a costa de encontrarse obligadas a tomar distancia en sentido crítico respecto a este o ese aspecto de la doctrina o de la moral católica. Otras, de inspiración más reciente, ponen el acento en la profesión de fe y en la participación activa en la evangelización. Lo mismo vale para las escuelas católicas.
Lo mismo se podría afirmar, para retomar el tema de este encuentro, respecto a la fisonomía típica de los que llaman a la puerta de nuestros seminarios o de nuestras casas religiosas.
Los candidatos de la primera tendencia se han tornado cada vez más raros, con gran disgusto de los sacerdotes de las generaciones más ancianas. Los candidatos de la segunda tendencia se han tornado hoy más numerosos que los primeros, pero dudan en cruzar el umbral de nuestros seminarios, porque muchas veces no encuentran allí lo que buscan.
Ellos son portadores de una preocupación por la identidad (con un cierto desprecio son calificados a veces como "identitatarios"): por la identidad cristiana -¿en qué nos debemos distinguir de los que no comparten nuestra fe?- y por la identidad sacerdotal, mientras que la identidad del monje o del religioso es más fácilmente perceptible.
¿Cómo favorecer la armonía entre los educadores -que pertenecen muchas veces a la primera corriente- y los jóvenes, que se identifican con la segunda? ¿Los educadores continuarán aferrándose a criterios de admisión y de selección que remiten a su época, pero que no se corresponden más con las aspiraciones de los más jóvenes? Me contaron el caso de un seminario francés en el que las adoraciones del Santísimo Sacramento habían sido desterradas durante una buena veintena de años, porque se las consideraba muy devocionales. Allí, los nuevos seminaristas han debido luchar durante la misma cantidad de años para que fueran restablecidas las adoraciones, mientras algunos docentes han preferido presentar la renuncia frente a lo que juzgaban como un "retorno al pasado"; al ceder a los requerimientos de los más jóvenes, tenían la impresión que renegaban de aquello por lo cual se habían batido durante toda la vida.
En la diócesis de la que fui obispo he conocido dificultades similares cuando los sacerdotes más ancianos -y también comunidades parroquiales enteras- experimentaban grandes dificultades para responder a las aspiraciones de los sacerdotes jóvenes que les habían sido mandados.
Comprendo las dificultades que ustedes encuentran en el ejercicio del ministerio de rectores de seminarios. Más que el tránsito de una generación a otra, ustedes deben asegurar armoniosamente el pasaje de una interpretación del Concilio Vaticano II a otra, y probablemente de un modelo eclesial a otro. La posición de ustedes es delicada, pero es absolutamente esencial para la Iglesia.
sábado, 15 de agosto de 2009
LOS FUTUROS SACERDOTES (1)

En este Año sacerdotal, la petición a la Virgen por las vocaciones sacerdotales es una intención prioritaria. Y, mientras rogamos con fe por ellas, vale la pena meditar en cómo deben ser formados los sacerdotes que llegarán.
Monseñor Jean-Louis Bruguèt, O.P. tiene títulos sobrados para que se le preste atención en este tema. Tiene 66 años y fue formado en Ciencias Económicas, Derecho y Ciencias Políticas, antes de obtener el doctorado en Teología. Ha publicado varios libros y numerosos artículos. Enseñó Teología Moral en Toulouse y en la Universidad de Friburgo. Ha sido miembro de la Comisión Teológica Internacional y del Comité Nacional Consultivo de Ética en Francia. En el año 2000 fue nombrado Obispo de Angers y, en 2007, designado Secretario de la Congregación para la Educación Católica, de la que dependen los seminarios.
El 3 de junio pasado, L’Osservatore Romano publicó el discurso que dio Monseñor Bruguèt, hace pocos meses, a los rectores de los seminarios pontificios. Bajo el título FORMACION PARA EL SACERDOCIO: ENTRE EL SECULARISMO Y LOS MODELOS DE IGLESIA, el Arzobispo Bruguèt desarrolló con encomiable claridad las líneas maestras que hay que seguir en la formación de los futuros sacerdotes. Ofrezco el texto, que no es largo, en dos entregas.
Siempre es arriesgado explicar una situación social a partir de una sola interpretación. Sin embargo, algunas claves abren más puertas que otras. Desde hace mucho estoy convencido del hecho que la secularización se ha convertido en una palabra-clave para pensar hoy a nuestras sociedades, pero también a nuestra Iglesia.
La secularización representa un proceso histórico muy antiguo, porque nació en Francia a mitad del siglo XVIII, antes de extenderse al conjunto de las sociedades modernas. Sin embargo, la secularización de la sociedad varía mucho de un país a otro.
En Francia y en Bélgica, por ejemplo, ella tiende a desterrar de la esfera pública los signos de la pertenencia religiosa y a remitir la fe a la esfera privada. Se observa la misma tendencia, pero menos fuerte, en España, en Portugal y en Gran Bretaña. En Estados Unidos, por el contrario, la secularización se armoniza fácilmente con la expresión pública de las convicciones religiosas, lo cual hemos poder visualizarlo también con ocasión de las últimas elecciones presidenciales.
Desde hace una década a esta parte ha surgido entre los especialistas un debate muy interesante. Hasta ahora, parecía que se debía dar por descontado que la secularización a la europea constituía la regla y el modelo, mientras que la de tipo americano constituía la excepción. Pero ahora son numerosos los que -por ejemplo, Jürgen Habermas- piensan que es verdad lo opuesto y que también en la Europa post-moderna las religiones desempeñarán un nuevo rol social.

(¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?...)
Recomenzar desde el Catecismo
Cualquiera sea la forma que haya asumido, la secularización ha provocado en nuestros países un derrumbe de la cultura cristiana. Los jóvenes que se presentan en nuestros seminarios no conocen nada o casi nada de la doctrina católica, de la historia de la Iglesia y de sus costumbres. Esta incultura generalizada nos obliga a efectuar revisiones importantes en la práctica que se ha seguido hasta ahora. Mencionaré dos.
En primer lugar, me parece indispensable prever para estos jóvenes un período -un año o más- de formación inicial, de "recuperación", de tipo catequético y cultural al mismo tiempo. Los programas pueden ser concebidos en forma diferente, en función de las necesidades específicas de cada región. Personalmente, pienso en un año entero dedicado a la asimilación del Catecismo de la Iglesia Católica, el cual está presentado en la forma de un compendio muy completo.
Esto implica, por parte de los profesores y de los formadores, la renuncia a una formación inicial signada por un espíritu crítico -como ha sido el caso de mi generación, para la cual el descubrimiento de la Biblia y de la doctrina se ha visto contaminado por un sistemático espíritu de crítica- y por la tentación de lograr una especialización demasiado precoz, precisamente porque le falta a estos jóvenes el necesario background cultural.
Permítanme confiarles algunos interrogantes que me surgen en este momento. Hay miles de motivos para querer dar a los futuros sacerdotes una formación completa y de alto nivel. Como una madre atenta, la Iglesia desea lo mejor para sus futuros sacerdotes. Por eso se han multiplicado los cursos, pero al punto de recargar los programas en una forma que me parece exagerada. Probablemente ustedes han percibido el riesgo del desaliento en muchos de vuestros seminaristas. Pregunto: ¿una perspectiva enciclopédica es adecuada para estos jóvenes que no han recibido ninguna formación cristiana de base? ¿Esta perspectiva no ha provocado quizás una fragmentación de la formación, una acumulación de cursos y una impostación excesivamente historicista? ¿Es realmente necesario, por ejemplo, dar a los jóvenes que no han aprendido jamás el catecismo una formación profunda en las ciencias humanas o en las técnicas de comunicación?
Yo aconsejaría elegir la profundidad más que la extensión, la síntesis más que los detalles, la arquitectura más que la decoración. Otras tantas razones me llevan a creer que el aprendizaje de la metafísica, en tanto obligatorio, representa la fase preliminar absolutamente indispensable para el estudio de la teología. Los que vienen a nosotros han recibido con frecuencia una sólida formación científica y técnica -lo cual es una fortuna- pero la falta de cultura general no les permite ingresar con paso decidido en la teología.
Dos generaciones, dos modelos de Iglesia
En numerosas ocasiones he hablado de las generaciones: de la mía, de la que me ha precedido y de las generaciones futuras. Ésta es, para mí, la encrucijada de la situación presente. Ciertamente, el pasaje de una generación a otra ha planteado siempre problemas de adaptación, pero lo que vivimos hoy es absolutamente peculiar.
El tema de la secularización debería ayudarnos, también aquí, a comprender mejor. Ella ha conocido una aceleración sin precedentes durante los años Sesenta. Para los hombres de mi generación, y todavía más para los que me han precedido, la mayoría de ellos nacidos y criados en un ambiente cristiano, esa aceleración ha constituido un descubrimiento esencial, la gran aventura de su existencia. Han llegado a interpretar la "apertura al mundo" invocada por el Concilio Vaticano II como una conversión a la secularización.
Así, de hecho hemos vivido, o inclusive favorecido, una auto-secularización potente en la mayor parte de las Iglesias occidentales.
Los ejemplos abundan. Los creyentes están dispuestos a comprometerse al servicio de la paz, de la justicia y de las causas humanitarias, ¿pero creen en la vida eterna? Nuestras Iglesias han llevado a cabo un esfuerzo inmenso para renovar la catequesis, ¿pero esta misma catequesis no tiende a desatender las realidades últimas? Nuestras Iglesias se han embarcado en la mayor parte de los debates éticos del momento, incitados por la opinión pública, ¿pero cuántos hablan del pecado, de la gracia y de la vida teologal? Nuestras Iglesias han desplegado felizmente tesoros ingeniosos para que los fieles participen mejor en la liturgia, ¿pero esta última no ha perdido en gran parte el sentido de lo sagrado? ¿Alguien puede negar que nuestra generación, quizás sin darse cuenta, ha soñado una "Iglesia de creyentes puros", una fe purificada de toda manifestación religiosa, poniendo en guardia contra toda manifestación de devoción popular como las procesiones, las peregrinaciones, etcétera?
jueves, 30 de julio de 2009
LEÑA DE MONTE

martes, 28 de julio de 2009
NEWMAN, MAESTRO (3). LA PREDICACIÓN y 3

jueves, 23 de julio de 2009
NEWMAN, MAESTRO (2). LA PREDICACIÓN-2
Hoy es uno de los días más gélidos del invierno y, a causa del frío, algunos compromisos se quedaron en proyecto (¡ay la gripe!) y encuentro un tiempo inesperado para seguir con Newman, maestro de predicadores.miércoles, 22 de julio de 2009
NEWMAN, MAESTRO (1). LA PREDICACIÓN-1

“En cuanto al asunto de escribir o pronunciar sermones a que haces referencia, el gran punto parece ser tener ante ti bien determinado el tema; pensar sobre él hasta que lo tengas en tu cabeza perfectamente, tener cuidado que sea un tema, no muchos; sacrificar cualquier pensamiento, aunque sea bueno e inteligente, que no tienda a recalcar tu único tema y busque seria y sumamente que los oyentes se den cuenta cabal de ese tema único. (…) Cada uno debe formar por sí mismo su propio estilo y bajo unas pocas reglas generales, algunas de las cuales ya he mencionado. Primero, un hombre debe hablar con la mayor seriedad, quiero decir, debe escribir, no por el hecho de escribir, sino para sacar a luz sus pensamientos. Jamás debe buscar ser elocuente. Debe tener su idea en vista y escribir oraciones una y otra vez hasta que haya expresado su pensamiento adecuadamente, enérgicamente y en pocas palabras. Debe usar palabras que se entiendan; ornamentación y amplificación podrán venir espontáneamente al debido tiempo pero nunca debe buscarlas. Debe arrastrarse antes de volar, quiero decir: la humildad, que es un gran virtud cristiana, tiene un lugar en la composición literaria. Aquel que es ambiguo nunca escribirá bien. Pero el que trata de decir simple y exactamente lo que siente o piensa, lo que demanda la religión, lo que enseña la fe, lo que promete el Evangelio, será elocuente sin intentarlo, y escribirá mejor inglés que si hubiera estudiado literatura inglesa”. (En “Newman sacerdote”, por Fernando M. Cavaller, en Newmaniana, n. 32, Abril 2001).
domingo, 19 de julio de 2009
EL APLAUSO QUE FALTÓ
Ayer tomó posesión de la diócesis de Melo su flamante obispo, Mons. Heriberto Beaudeant, en el transcurso de una Misa que, desde el principio hasta el fin, fue un enorme aplauso. Aunque faltó uno.Cuando entró en la Catedral la procesión de monaguillos (encantadoras sotanitas rojas y sobrepellices), seguidos de los seminaristas, los diáconos, los presbíteros y los obispos, resonó el primer aplauso lleno de calor. El segundo lo recibió, al terminar de hablar, el sacerdote que dio la bienvenida a monseñor Beto en nombre de los “curas” –así dijo- de la diócesis. La religiosa que habló a continuación, representando a religiosas y consagradas, descolgó el tercero. Después tomó el micrófono una señora que, en nombre de los laicos de la diócesis, explicó que habían rezado por el nuevo obispo, aun antes de saber quién era, y con qué cariño lo recibían como Pastor que Dios les enviaba. Me arrepiento de no haber anotado sus palabras, porque salieron de su corazón con un sello de calidad sobrenatural que mereció, naturalmente, un cerrado aplauso.
Llegó el momento de la homilía, que fue el momento de monseñor Cáceres, el “obispo emérito entre los eméritos”, como él mismo se definió hace un tiempo. Lo cual es verdad, pero más lo es que monseñor Cáceres predica como ninguno: doctrina, piedad, emoción; modulación, carácter… y ninguna concesión a una vanidad que parecería justificada: no hizo ni una sola mención a sí mismo. En cambio, leyó una carta que monseñor Del Castillo –quinto aplauso- obispo emérito de la diócesis, dirigió a su querida diócesis. Al terminar la homilía citando a San Juan Crisóstomo (“Jesús, cuida a mi pueblo”, rogaba el santo cuando marchaba al destierro; “pueblo, cuida a mi Jesús”, pedía a sus fieles), enorme aplauso para monseñor Cáceres, que dirigía a todos esa petición que nos llega desde el siglo IV (y van seis).
Después llegó el momento de la lectura del decreto de Benedicto XVI con el nombramiento del nuevo obispo de Melo (séptimo aplauso), de la firma del documento y de la entrega del báculo por parte del Nuncio Apostólico, monseñor Pecorari (octavo),
que a continuación dirigió unas palabras a monseñor Beto (noveno aplauso).Si no recuerdo mal, el décimo fue para el obispo, quien al terminar la Misa agradeció a Dios y a cada uno, sin olvidar a nadie, de los que, formando parte de alguna institución o “de a pie”, por así decir, forman la Iglesia que está en los departamentos de Cerro Largo y Treinta y Tres. Digo mal: décimo y undécimo y alguno más, porque fue interrumpido mientras hablaba.
Dos horas largas duró la ceremonia. Al retirarse la procesión en el orden en que habíamos entrado, llegó el último aplauso, tan inesperado como prolongado y fuerte y emocionado y emocionante: bastaba con mirar las caras de quienes aplaudían: hombres y mujeres de tierra adentro, personas muy sencillas que expresaban así, ¡nada menos!, que la alegría de su fe.
Desde mi punto de vista, en estricta justicia faltó un aplauso: el que siempre deberíamos dar nosotros -obispos, presbíteros y diáconos- a la gente que, a pesar de tantos pesares, aplauden porque ven en nosotros a Cristo. Está claro que nunca lo haremos, más allá de las obvias razones litúrgicas; pero lo merecen con creces.
Aunque, pensándolo un poco, creo que el mejor aplauso es que trate de servir bien a cada uno.
miércoles, 15 de julio de 2009
¡MOISÉS, MOISÉS!...

miércoles, 1 de julio de 2009
LUZ Y PURIFICACION

Los Obispos expresamos el profundo dolor por el grave pecado que ha dañado a la Iglesia y de manera especial a la Diócesis de Minas.
Toda la Iglesia, y en ella los pastores, debe ser luz del mundo y, al mismo tiempo, necesita permanente purificación. Esto nos exige a todos, día a día, una constante conversión y penitencia. Pedimos al Padre, rico en misericordia, que fortalezca a nuestro hermano para continuar asumiendo las consecuencias de sus actos. Y asimismo que estos hechos dolorosos no oculten la fidelidad de tantos.
Tal como hacemos cada año en Semana Santa, cuando renovamos la promesa de cumplir los deberes inherentes a nuestro ministerio, pedimos a las comunidades que oren por nosotros los Obispos y por todos los sacerdotes para que “realicemos cada día, de una manera más viva y perfecta, la imagen de Jesús Buen Pastor, Maestro y Siervo de todos”.
sábado, 27 de junio de 2009
LA HISTORIA DE NOÉ
viernes, 26 de junio de 2009
HACERLE ECO
Yo conocí y traté y quise y quiero con toda el alma, a este sacerdote santo, san Josemaría Escrivá de Balaguer, cuya fiesta celebra hoy la Iglesia. Lo conocí en 1964 y estuve cerca suyo (durante dos años, muy cerca, viviendo con él en Roma) hasta 10 años después, cuando en Buenos Aires aseguraba que volvería a Argentina después de venir al Uruguay. El plan de Dios fue otro y, un año más tarde, se iba al Cielo el 26 de junio de 1975, su "dies natalis", su fiesta, fiesta hoy de la Iglesia entera.viernes, 19 de junio de 2009
COSAS DEL "TRABAJO PASTORAL"
de nuestra caridad y de nuestro amor.miércoles, 17 de junio de 2009
LOS SACERDOTES
El Viernes 19 de Junio empieza en la Iglesia un año del todo especial. Como lo había anunciado Benedicto XVI en Marzo pasado, comenzará un AÑO SACERDOTAL, con objeto de "favorecer la tensión de los sacerdotes hacia la perfección espiritual, de la cual depende sobre todo la eficacia de su ministerio". Quiere también el Papa, con esta iniciativa, "hacer que se perciba cada vez más la importancia del papel y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad contemporánea".Más allá de algunos casos -publicitados y manipulados por demás-de infidelidad al compromiso sacerdotal, la verdad es que la inmensa mayoría de los 407.000 sacerdotes del clero secular y religioso que hay en la Iglesia, viven con ilusión y sacrificio alegre su vocación. No obstante, además de que es necesario que haya más sacerdotes, debemos ser santos.
El "Año Sacerdotal" es una fuerte invitación a que renovemos ese empeño, contando con la oración de toda la Iglesia y siguiendo el ejemplo inolvidable del santo Cura de Ars, al que el Papa proclamará "Patrono de los todos los sacerdotes del mundo".
Durante este Año, Benedicto XVI ha dispuesto unos modos de ganar la indulgencia plenaria, que expresan la urgencia de rezar mucho por nosotros, los sacerdotes. Quisiera invitarlos a hacer click ahí y leer despacio su contenido: para ganar la indulgencia, para comunicarlo a muchos, para rogar al dueño de la mies que, además de mandar nuevos obreros a trabajar en ella, despierte en todos deseos prácticos de santidad. Así aliviaremos las heridas de este mundo nuestro tan machucado...
lunes, 25 de mayo de 2009
MARIO, AMIGO SACERDOTE
Digamos, por ponerle un nombre, que se llama Mario –es el único dato ficticio-, que tiene 30 y pico años, que lleva 3 de ordenado y que, por obvias razones de falta de sacerdotes, ya es párroco de una extensa parroquia urbana de la cual dependen 7 capillas a las que, naturalmente, también debe atender.El caso es que hace dos semanas, Mario dijo: “No va más”. Lo dijo por la fuerza de los hechos, puesto que llevaba tres noches seguidas sin pegar ojo, cosa por demás sospechosa porque suele dormir como un bendito.
Enseguida del “no va más” fue a hablar con su obispo y, con su preocupado O.K., se retiró literalmente del mundanal ruido en una abadía argentina de benedictinos, llevando consigo algunos libros y un sabio diagnóstico médico: “¡Usted está muy pero muy cansado!”. La terapia para su mal fue ésta: duerma, duerma y duerma, y coma bien.
Mario, obediente, hizo los deberes a conciencia y, después de 15 días, volvió a la parroquia.
Ayer, mientras esperábamos al médico y hablábamos de lo sucedido, sacó de su cartera una hoja en la que tenía prolijamente anotado su plan mensual de actividades, que leí con atención.
- Primeros lunes, 20 horas: reunión de…
- Segundos martes, 17 horas: reunión con…
- Segundos miércoles, 19 horas, reunión con…
- Tercer lunes, 18 horas, idem de idem.
Así, medio folio. En otro apartado, las Misas que celebra: cada día, dos o tres, y los fines de semana nunca son menos de seis.
Por otra parte, claro está, bautismos, preparación para el matrimonio y casamientos, visitas a los enfermos y los mil y un imprevistos que son lo normal en la vida de cualquier sacerdote.
Al devolverle su hoja de actividades, recordé este refrán que Mario no conocía y que le hizo reír: “Perrito de muchas bodas, no come en ninguna por comer en todas”…
Esto es lo que yo quería contarles hoy, que es mucho más interesante, en mi modesta opinión, que estar discutiendo el celibato sacerdotal. (Entre paréntesis: ¿alguien juzgaría razonable que, además de ese sinfín de actividades, el sacerdote debiera atender a su propia familia?... ¡Otra que “perrito de muchas bodas”!… ¡Sería de locos! Cierro el paréntesis, disculpen).
Me parece formidable que dentro de un mes empiece en la Iglesia un año dedicado a los sacerdotes. La idea fundamental del Papa, al convocarlo, es que llegue al Cielo la oración de toda la Iglesia pidiendo por Mario y compañía, que no son noticia, como se ve.

