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jueves, 2 de septiembre de 2010

LA HISTORIA DE UN LETRERO

¿Cómo llegar al corazón? Ahí es donde se juega el partido... ¡y hay que ganarlo! Nuestra fe no son ideas abstractas, sino un Corazón ardientemente amante. ¿Cómo hacer para que quienes no lo conocen se interesen por él?... Me parece que esta historia enseña mucho: se trata de saber decir las cosas de tal manera que... Pierdan 4 minutos y vean el video.


domingo, 25 de julio de 2010

CON LOS OJOS BRILLANTES

Hay un tema realmente importante para los sacerdotes: ¿cómo hablar de Dios, de Jesucristo, del vivir en cristiano, de manera que llegue, que mueva, que ilusione, que entusiasme?
Animo a mis hermanos sacerdotes a que busquen 20 minutos para sentarse cómodamente delante de la pantalla de su PC y, mientras ven y escuchan a Benjamín Zander, director de la Orquesta Filarmónica de Boston, que rueguen al Señor que nos dé un poquito de esta formidable capacidad de llegar, de mover, de ilusionar y entusiasmar que tiene este hombre.

Como vale la pena verlo en pantalla completa, aquí está el sitio para abrirlo:

http://www.youtube.com/watch?v=71w-oasL6iQ

Al terminar, estoy seguro que desearemos con fuerza que quienes escucharon una de nuestras homilías, vuelvan a sus casas con los ojos brillantes.



lunes, 23 de noviembre de 2009

UN POCO DE BONDAD (2)

Todo esto es fácil. En cambio, lo difícil es sonreír y ser amables cuando duele de veras la cabeza y se desea un poco de comprensión. Qué duro conservar la calma cuando los negligentes padres de una criatura quieren bautizarla a una hora determinada, en vez de haber traído a su hijo un mes antes. Qué duro también decir “sí” cuando nos invitan a una boda y en casa nos espera un buen libro con sus páginas abiertas. Qué duro… Pero, ¿por qué citar más casos? Es tan extraordinariamente difícil no ser humano; tan difícil parecerse a Jesucristo.
Y tan necesario, además. Necesario, sí, si es que uno quiere tener alguna esperanza al encararse con el Juicio final. Si echo una mirada sobre mis veintitantos años de sacerdocio, me es imposible recordar un solo caso de un apóstata que dijera que él dejó la Iglesia por ser su párroco un borracho o un libertino. Pero todos los dedos de la mano no bastan para contar los ex católicos que “han tenido peleas con el sacerdote”, “una discusión con el Padre Griper”, “el cura me ha dicho que me vaya y no vuelva más”, “el cura me dijo que era una mala persona”, y así sucesivamente, con todas las variantes de sobra conocidas por los que visitan la parroquia. En muchos casos esto no son más que pretextos. Sin embargo…


Sería maravilloso, pienso, que nosotros, los sacerdotes, fuéramos considerados como una clase distinta, como “los seres más amables del mundo”. Pasaron ya aquellos tiempos en que el clero se consideraba como la corporación más sabia de la tierra. Hubo una época de materialismo e incredulidad en que se nos negaba ser el grupo más honrado el mundo. Nuestros compromisos con el espíritu del siglo hacen dudoso que podamos ahora reivindicar el campeonato del ascetismo. Pero la amabilidad… ¡tendría que sernos fácil! Debería sérnoslo, aunque jamás sea patrimonio de un grupo, sino de cada individuo.
A mi memoria viene, de pronto, el recuerdo de los funerales del Padre Félix, mientras dibujo unas cejas en esta cara que desaliñadamente ha dibujado mi lápiz. Asistí a su entierro, precisamente la semana pasada.
En casi todos los bancos pude observar ojos llorosos y narices enrojecidas; y lloraban no precisamente porque estuvieran constipados. Como conocía al Padre Félix, casi podía leer en la expresión de aquellos rostros: “Era un hombre tan amable”. Nunca lo había pensado antes, pero me di cuenta entonces de que también había asistido a otros muchos entierros de sacerdotes en que la gente, con los ojos secos, había contemplado el paso del cortejo fúnebre. Qué horrible cuadro se me representó cuando pensé por primera vez: los verdaderos hijos en Cristo del sacerdote asisten, impasible la mirada, al entierro de su padre.
¿Llorarán en mis funerales?, me pregunto al tiempo de arrancar el papel que acabo de dibujar y echarlo al cesto. No es que me produzca ahora particular placer el pensamiento de caras llorosas. Pero las lágrimas pueden ser para un juez justo una prenda de misericordia merecida por haberla tenido. ¡Qué homenaje tan maravilloso para un sacerdote si sobre su tumba se pudiera grabar, sin temor de contradicción: “Era amable”!
Pero suena la campanilla. Es Joe.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

UN POCO DE BONDAD (1)


Hace tres días falleció el Padre Ramón, dominico, a los 90 años, y he sentido un poco de envidia al escuchar unánimes comentarios como éstos, con mínimas variaciones: "¡qué bueno que era!", "¡era buenísimo!", "¡qué hombre tan bueno!"... Entonces me vino a la memoria este capítulo de VASIJA DE BARRO, con el título incluido, que entrego en dos veces. Me hizo bien repasarlo...


Ya debería haber llegado Joe Heims (trabaja en turno de tarde) a dar su clase bisemanal. Mientras le espero, tamborileando con los dedos, me viene a la memoria el recuerdo de la primera visita que me hizo. No se atrevía a decirme que quería hacerse católico. Aunque lo era su madre, a él no lo bautizaron. Creía que ya era hora de hacerlo.
Hablando con él de unas y otras cosas, haciendo lo posible para que se encontrara a gusto, supe que vivía a varias millas de distancia, en otra parroquia. Entonces, ¿por qué venía a la mía? “Pues, sí –explicó Joe-, he estado queriendo hablar con un sacerdote desde hace algún tiempo y me sentía como asustado. Hace unos días, estando con Charlie Ort en su surtidor de gasolina, me dijo que a usted se le abordaba fácilmente y que nunca se enfadaba con nadie. Por eso me decidí a verle”.
Cerré mis ojos en una súbita pero ferviente acción de gracias por no conocerme Charlie tan bien como supone. Desde entonces Joe y yo nos entendemos de primera.
Mientras seguía esperándole volví a dar vueltas en mi cabeza a la importancia que tiene un poco de bondad. Es, como la mostaza evangélica, una semilla pequeñísima y cuyas ramas llegan a extenderse tan lejos. Cada vez más, al paso de los años, a medida que me enredo en la red de la rutina y las pequeñeces, mis sueños juveniles de ser un verdadero misionero en el trabajo se han ido, poco a poco, desvaneciendo. A medida que se me va haciendo más costoso ir a casa de alguien, me he ido escudando en el pretexto de que soy un sacerdote al que, impulsado por la gracia, sin miedo y confiadamente, deben venir los demás. Tomo, pues, de nuevo la resolución de rezar con más perseverancia para conservar la amabilidad y estar vigilante contra cualquier fracaso.
Tan fácil resulta caer. Tan fácil pagar con los monaguillos el mal humor de la mañana. Tan fácil tomarla con los niños que, corriendo por el pasillo y jugando, chillan cerca de mi ventana y turban mi reposo. Tan fácil ser bruscos cuando suena el teléfono, a una hora intempestiva, para hacer una pregunta que se contestó en las advertencias del domingo pasado. Tan fácil desahogarse con una feligresa chismosa, al saber que han puesto públicamente en duda mi infalibilidad. Tan fácil desesperarse contra el presidente de la Hermandad, cuya irresponsable juventud ha echado por tierra un proyecto mimado. Tan fácil mandar a su sitio al testarudo presidente de la Junta Parroquial que se muestra demasiado arrogante en su ignorancia…

lunes, 5 de octubre de 2009

UNA PERLA ESPIRITUAL



EL CLERO ORIENTAL tiene un público más amplio de lo que pensaba. Lo digo porque hoy entrego un documento que me pasó una periodista lectora. Me dijo que, en 1998, trabajando para un artículo sobre la Iglesia, lo encontró en el archivo de la Catedral. Es de Monseñor MARIANO SOLER, primer arzobispo de Montevideo, y lo encontró "tan bueno" que lo copió todo. ¡Excelente iniciativa! Le pedí más datos sobre este Memorandum, pero no los tenía: sólo me dijo que se encontraba entre otros papeles, y que debió tratarlo con mucho cuidado porque era el original y estaba muy quebradizo. Con el agradecimiento a la descubridora de esta "perlita" -así definió el escrito, con razón- invito a meditarlo.




1. Piensa que no eres nacido para la tierra y sus vanidades. ¡Tanto te pegas a las cosas de este bajo suelo que nada valen y tan poco a las del Cielo! Respice finem. ¡Qué negocio más grande e importante que el de la eternidad, tu salvación! Esta es la ciencia de los santos, la sabiduría por excelencia, la ciencia de la vida. “Procurar mi fin a cualquier costo”, porque si no, todo está perdido.

2. ¿Quieres como debes ser santo y ganar muchos méritos? Haz todo por amor de Dios, por agradarle. ¿Te repugna alguna obligación? Hazlo por amor de Dios. ¿Estudias? ¿Cumples con tu ministerio?, ¿Comes, te recreas etc? Sea todo por agradar a Dios. Dulce más que la miel es la mortificación cuando es sufrida por amor de Dios. Por eso ¡cuánto gozaban los mártires al ser quemados vivos! ¡Y tú no quieres sufrir nada!...

3. Para tener santa paz y gozar de medio paraíso en la tierra, sea tu máxima: “conformidad con la voluntad divina en todo”. Sufrimiento por tanto, en las adversidades, alegría y valor en las tribulaciones y generosidad para con tu Dios en hacer siempre y bendecir su santa voluntad. La indiferencia en todo, recomendada por los santos, consiste en el abandono a la divina voluntad, no en la inercia, apatía y misantropía. ¿Quién más activo, social y sensible que un san Francisco de Sales y una santa Teresa de Jesús?

4. ¿Quieres, como debes, mantenerte en gracia, sin pecado? Jamás dejes de hacer oración mental, y esto aunque experimentes suma aridez. No la omitas nunca, si no es que te lo impide alguna vez tu ministerio (pero en este caso súplanla fervientes jaculatorias), porque es dejar a Dios por Dios. Y si a pesar de ello llegas a caer, pronto te levantarás; porque todo puede estar junto, menos oración mental y pecado.

5. Ya que es tanta tu flaqueza, ve quitándote los defectos con examen cotidiano particular, empezando por ejemplo, por los más dominantes, por los pecados capitales, etc. Examínate igualmente cómo haces la meditación, dices el Santo Oficio y la Misa. Jamás olvides el santo Rosario si quieres ser verdadero devoto de María, a quien debes recurrir en todas tus necesidades.

6. Al celebrar o consagrar, para crecer en amor de Dios y horror al pecado, acuérdate que el Dios que tanto has ofendido, en vez de arrojarte al infierno, te hizo ministro suyo. ¡Qué ingratitud si le ofendes más! Al consumir pídele la gracia de conservarte puro y ser su verdadero ministro.

7. Para conservarte en el santo temor de Dios y corregir tu vida, haz todos los años los Santos Ejercicios y un día de retiro con la frecuencia que puedas.

8. Para conservar siempre la tranquilidad e igualdad de espíritu, no sólo procurarás resolver y determinar en todas las cosas lo que más sea del agrado y servicio de Dios, sino también procurar la santa indiferencia, cualquiera sea el éxito. Por tanto, jamás emprendas cosa alguna sin consultarla con Dios y con algún sacerdote espiritual, celoso e ilustrado.

9. Debes, como ministro de Dios, ser celoso por la gloria del Señor y salvación de las almas, y no debes arredrarte por las dificultades del apostolado. Aparéjate, pues, con fortaleza en el cumplimiento de tu cargo, para ser contrariado y perseguido por el mundo y quizás por los mismos eclesiásticos, que a las veces lo permita Dios para mayor acrisolamiento de la virtud. Entonces acuérdate que eres ministro de Cristo crucificado.

10. Debes ser celoso, pero no idólatra del propio buen nombre. Las injurias y calumnias con el desprecio se desvanecen, con la ira se les da importancia. ¡Cuán manso no debe ser un ministro del mansísimo Cordero! Procura dar edificación al prójimo aún en el trato, evitando ligerezas y chabacanerías secularescas. Sé dulce, pero grave en el trato y conversación con los demás.

11. La peor falta del hombre público es estar de mal humor. Muéstrate y sé benigno y afable con todos; así lo exige la caridad cristiana, pues ¿qué otra cosa es la urbanidad, sino la caridad aplicada a las costumbres?

jueves, 17 de septiembre de 2009

TRABAJAR EN LA IGLESIA

¡Qué cerca nos sentimos de Brasil!... No sólo geográficamente, sino por las circunstancias de la vida de la Iglesia. Fíjense en algunas de las cosas que les dijo el Papa esta mañana, en el Palacio Apostólico de Castel Gandolfo, a un grupo de obispos brasileños que están de visita "ad limina": parecen dirigidas a nosotros.

En sus fieles y en sus ministros, la Iglesia es sobre la Tierra la comunidad sacerdotal orgánicamente estructurada como Cuerpo de Cristo, para desempeñar eficazmente, unida a su Cabeza, su misión histórica de salvación. Así nos lo enseña san Pablo: “Vosotros sois Cuerpo de Cristo, y cada uno un miembro de él” (1 Cor 12, 27). En efecto, no todos los miembros tienen la misma función: esto es lo que constituye la belleza y la vida del cuerpo (cf. 1 Cor 12, 14.17). Es en la diversidad esencial entre sacerdocio ministerial y sacerdocio común donde se entiende la identidad específica de los fieles ordenados y los laicos. Por esta razón, es necesario evitar la secularización de los sacerdotes y a la clericalización de los laicos. (…) Es importante hacer crecer esta conciencia en los sacerdotes, religiosos y fieles laicos, animando y vigilando para que cada uno pueda sentirse motivado a actuar según de propio estado.

La profundización armónica, correcta y clara de la relación entre sacerdocio común y ministerial, constituye actualmente uno de los puntos más delicados del ser y de la vida de la Iglesia. El número exiguo de presbíteros podría llevar a las comunidades a resignarse a esta carencia, tal vez consolándose con el hecho de que la misma pondría mejor de manifiesto el papel de los fieles laicos. Pero no es la falta de presbíteros la que justifica una participación más activa y numerosa de los laicos. En realidad, cuanto más toman conciencia los fieles de sus responsabilidades en la Iglesia, tanto más sobresale la identidad específica y el papel insustituible del sacerdote como pastor de toda la comunidad, como testigo de la autentificad de la fe y dispensador, en nombre de Cristo Cabeza, de los misterios de la salvación. (…) La función del presbítero es esencial e insustituible para el anuncio de la Palabra y la celebración de los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía, memorial del Sacrificio supremo de Cristo, que da su Cuerpo y su Sangre. Por eso urge pedir al Señor que envíe obreros a su mies; además, es preciso que los sacerdotes manifiesten la alegría de la fidelidad a la propia identidad con el entusiasmo de la misión. (…) En la situación actual, en que muchos de vosotros os veis obligados a organizar la vida eclesial con pocos presbíteros, es importante evitar que tal situación sea considerada normal o típica del futuro. (…) Debéis concentrar los esfuerzos para despertar nuevas vocaciones sacerdotales y encontrar los pastores indispensables para vuestras diócesis, ayudándoos mutuamente para que todas dispongan de presbíteros mejor formados y más numerosos, para sustentar la vida de fe y la misión apostólica de los fieles.

lunes, 24 de agosto de 2009

LOS FUTUROS SACERDOTES (2)



El impacto con la secularización de nuestras sociedades ha transformado profundamente a nuestras Iglesias. Podríamos adelantar la hipótesis que hemos pasado de una Iglesia de "pertenencia", en la cual la fe era comunicada por el grupo de nacimiento, a una Iglesia de "convicción", en la que la fe se define como una elección personal y valiente, con frecuencia en oposición al grupo de origen. (...) Nuestros seminaristas, al igual que nuestros jóvenes, pertenecen también a esta Iglesia de "convicción". No llegan más tanto de las campiñas, sino más bien de las ciudades, sobre todo de las ciudades universitarias. Con frecuencia han crecido en familias divididas o "estalladas", lo que deja en ellos huellas de heridas y, tal vez, una especie de inmadurez afectiva. El ambiente social al que pertenecen no los sostiene más: han elegido por convicción ser sacerdotes y han renunciado, por ello, a toda ambición social (lo que digo no vale para todos por igual; conozco comunidades africanas en las que la familia o el pueblo valoran todavía las vocaciones surgidas en su seno). Por eso ellos ofrecen un perfil más determinado, individualidades más fuertes y temperamentos más valientes. Respecto a esto, tienen derecho a toda nuestra estima.
La dificultad sobre la cual quisiera atraer la atención de ustedes supera la cornisa de un simple conflicto generacional. Mi generación, insisto, ha identificado la apertura al mundo con la conversión a la secularización, frente a la cual ha experimentado una cierta fascinación. Por el contrario, los más jóvenes han nacido efectivamente en la secularización, la cual representa su ambiente natural, y la han asimilado con la leche nutricia, pero buscan ante todo tomar distancia de ella y reivindican su identidad y sus diferencias.
¿Adaptación al mundo o contestación?
Existe ahora en las Iglesias europeas, y quizás también en la Iglesia americana, una línea divisoria, a veces de fractura, entre una corriente "conciliadora" y una corriente "contestataria".
La primera nos lleva a observar que existen en la secularización valores de fuerte matriz cristiana, como la igualdad, la libertad, la solidaridad y la responsabilidad, razón por la cual debe ser posible llegar a acuerdos con tal corriente y a identificar los campos de cooperación.
La segunda corriente, por el contrario, invita a tomar distancia. Considera que las diferencias o las oposiciones, sobre todo en el campo ético, llegarán a ser cada vez más marcadas. En consecuencia, propone un modelo alternativo al modelo dominante, y acepta sostener el rol de una minoría contestataria.
La primera corriente ha resultado ser la predominante luego del Concilio; ha proporcionado la matriz ideológica de las interpretaciones del Vaticano II que se han impuesto a fines de los años Sesenta y en la década siguiente.
Las cosas se han invertido a partir de los años Ochenta, sobre todo -pero no exclusivamente- por la influencia de Juan Pablo II. La corriente "conciliadora" ha envejecido, pero sus adeptos detentan todavía los puestos clave en la Iglesia. La corriente del modelo alternativo se ha reforzado considerablemente, pero todavía no se ha convertido en dominante. Así se explicarían las tensiones del momento en numerosas Iglesias de nuestro continente.
No me sería difícil ilustrar con ejemplos la contraposición que he descrito en líneas generales.
Las universidades católicas se distribuyen hoy según esta línea divisoria. Algunas juegan la carta de la adaptación y de la cooperación con la sociedad secularizada, a costa de encontrarse obligadas a tomar distancia en sentido crítico respecto a este o ese aspecto de la doctrina o de la moral católica. Otras, de inspiración más reciente, ponen el acento en la profesión de fe y en la participación activa en la evangelización. Lo mismo vale para las escuelas católicas.
Lo mismo se podría afirmar, para retomar el tema de este encuentro, respecto a la fisonomía típica de los que llaman a la puerta de nuestros seminarios o de nuestras casas religiosas.
Los candidatos de la primera tendencia se han tornado cada vez más raros, con gran disgusto de los sacerdotes de las generaciones más ancianas. Los candidatos de la segunda tendencia se han tornado hoy más numerosos que los primeros, pero dudan en cruzar el umbral de nuestros seminarios, porque muchas veces no encuentran allí lo que buscan.
Ellos son portadores de una preocupación por la identidad (con un cierto desprecio son calificados a veces como "identitatarios"): por la identidad cristiana -¿en qué nos debemos distinguir de los que no comparten nuestra fe?- y por la identidad sacerdotal, mientras que la identidad del monje o del religioso es más fácilmente perceptible.
¿Cómo favorecer la armonía entre los educadores -que pertenecen muchas veces a la primera corriente- y los jóvenes, que se identifican con la segunda? ¿Los educadores continuarán aferrándose a criterios de admisión y de selección que remiten a su época, pero que no se corresponden más con las aspiraciones de los más jóvenes? Me contaron el caso de un seminario francés en el que las adoraciones del Santísimo Sacramento habían sido desterradas durante una buena veintena de años, porque se las consideraba muy devocionales. Allí, los nuevos seminaristas han debido luchar durante la misma cantidad de años para que fueran restablecidas las adoraciones, mientras algunos docentes han preferido presentar la renuncia frente a lo que juzgaban como un "retorno al pasado"; al ceder a los requerimientos de los más jóvenes, tenían la impresión que renegaban de aquello por lo cual se habían batido durante toda la vida.
En la diócesis de la que fui obispo he conocido dificultades similares cuando los sacerdotes más ancianos -y también comunidades parroquiales enteras- experimentaban grandes dificultades para responder a las aspiraciones de los sacerdotes jóvenes que les habían sido mandados.
Comprendo las dificultades que ustedes encuentran en el ejercicio del ministerio de rectores de seminarios. Más que el tránsito de una generación a otra, ustedes deben asegurar armoniosamente el pasaje de una interpretación del Concilio Vaticano II a otra, y probablemente de un modelo eclesial a otro. La posición de ustedes es delicada, pero es absolutamente esencial para la Iglesia.

sábado, 15 de agosto de 2009

LOS FUTUROS SACERDOTES (1)


Que la Santísima Virgen está pendiente de cada uno de sus hijos es una preciosa verdad de la cual los sacerdotes, particularmente, podemos dar numerosos testimonios personales y ajenos. Que la Madre de Dios y Madre nuestra, llamada desde hace siglos “Omnipotencia suplicante”, consigue todo de Dios con su mediación materna, es también un dato de experiencia que Juan Pablo II, por ejemplo, reconocía con estas expresivas palabras: “¡Cuantas gracias he recibido yo a lo largo de estos años por medio del Rosario!”…
En este Año sacerdotal, la petición a la Virgen por las vocaciones sacerdotales es una intención prioritaria. Y, mientras rogamos con fe por ellas, vale la pena meditar en cómo deben ser formados los sacerdotes que llegarán.
Monseñor Jean-Louis Bruguèt, O.P. tiene títulos sobrados para que se le preste atención en este tema. Tiene 66 años y fue formado en Ciencias Económicas, Derecho y Ciencias Políticas, antes de obtener el doctorado en Teología. Ha publicado varios libros y numerosos artículos. Enseñó Teología Moral en Toulouse y en la Universidad de Friburgo. Ha sido miembro de la Comisión Teológica Internacional y del Comité Nacional Consultivo de Ética en Francia. En el año 2000 fue nombrado Obispo de Angers y, en 2007, designado Secretario de la Congregación para la Educación Católica, de la que dependen los seminarios.
El 3 de junio pasado, L’Osservatore Romano publicó el discurso que dio Monseñor Bruguèt, hace pocos meses, a los rectores de los seminarios pontificios. Bajo el título FORMACION PARA EL SACERDOCIO: ENTRE EL SECULARISMO Y LOS MODELOS DE IGLESIA, el Arzobispo Bruguèt desarrolló con encomiable claridad las líneas maestras que hay que seguir en la formación de los futuros sacerdotes. Ofrezco el texto, que no es largo, en dos entregas.

Siempre es arriesgado explicar una situación social a partir de una sola interpretación. Sin embargo, algunas claves abren más puertas que otras. Desde hace mucho estoy convencido del hecho que la secularización se ha convertido en una palabra-clave para pensar hoy a nuestras sociedades, pero también a nuestra Iglesia.
La secularización representa un proceso histórico muy antiguo, porque nació en Francia a mitad del siglo XVIII, antes de extenderse al conjunto de las sociedades modernas. Sin embargo, la secularización de la sociedad varía mucho de un país a otro.
En Francia y en Bélgica, por ejemplo, ella tiende a desterrar de la esfera pública los signos de la pertenencia religiosa y a remitir la fe a la esfera privada. Se observa la misma tendencia, pero menos fuerte, en España, en Portugal y en Gran Bretaña. En Estados Unidos, por el contrario, la secularización se armoniza fácilmente con la expresión pública de las convicciones religiosas, lo cual hemos poder visualizarlo también con ocasión de las últimas elecciones presidenciales.
Desde hace una década a esta parte ha surgido entre los especialistas un debate muy interesante. Hasta ahora, parecía que se debía dar por descontado que la secularización a la europea constituía la regla y el modelo, mientras que la de tipo americano constituía la excepción. Pero ahora son numerosos los que -por ejemplo, Jürgen Habermas- piensan que es verdad lo opuesto y que también en la Europa post-moderna las religiones desempeñarán un nuevo rol social.

(¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?...)
Recomenzar desde el Catecismo
Cualquiera sea la forma que haya asumido, la secularización ha provocado en nuestros países un derrumbe de la cultura cristiana. Los jóvenes que se presentan en nuestros seminarios no conocen nada o casi nada de la doctrina católica, de la historia de la Iglesia y de sus costumbres. Esta incultura generalizada nos obliga a efectuar revisiones importantes en la práctica que se ha seguido hasta ahora. Mencionaré dos.
En primer lugar, me parece indispensable prever para estos jóvenes un período -un año o más- de formación inicial, de "recuperación", de tipo catequético y cultural al mismo tiempo. Los programas pueden ser concebidos en forma diferente, en función de las necesidades específicas de cada región. Personalmente, pienso en un año entero dedicado a la asimilación del Catecismo de la Iglesia Católica, el cual está presentado en la forma de un compendio muy completo.


En segundo lugar, sería necesario revisar nuestros programas de formación. Los jóvenes que ingresan al seminario saben que no saben. Son humildes y están deseosos de asimilar el mensaje de la Iglesia. Se puede trabajar verdaderamente bien con ellos. Su falta de cultura tiene de positivo que no cargan con los prejuicios negativos de sus hermanos mayores, lo cual constituye una feliz circunstancia, gracias a lo cual podemos construir sobre una "tabla rasa". Éste es el motivo por el que estoy a favor de una formación teológica sintética, orgánica y que apunte a lo esencial.
Esto implica, por parte de los profesores y de los formadores, la renuncia a una formación inicial signada por un espíritu crítico -como ha sido el caso de mi generación, para la cual el descubrimiento de la Biblia y de la doctrina se ha visto contaminado por un sistemático espíritu de crítica- y por la tentación de lograr una especialización demasiado precoz, precisamente porque le falta a estos jóvenes el necesario background cultural.
Permítanme confiarles algunos interrogantes que me surgen en este momento. Hay miles de motivos para querer dar a los futuros sacerdotes una formación completa y de alto nivel. Como una madre atenta, la Iglesia desea lo mejor para sus futuros sacerdotes. Por eso se han multiplicado los cursos, pero al punto de recargar los programas en una forma que me parece exagerada. Probablemente ustedes han percibido el riesgo del desaliento en muchos de vuestros seminaristas. Pregunto: ¿una perspectiva enciclopédica es adecuada para estos jóvenes que no han recibido ninguna formación cristiana de base? ¿Esta perspectiva no ha provocado quizás una fragmentación de la formación, una acumulación de cursos y una impostación excesivamente historicista? ¿Es realmente necesario, por ejemplo, dar a los jóvenes que no han aprendido jamás el catecismo una formación profunda en las ciencias humanas o en las técnicas de comunicación?
Yo aconsejaría elegir la profundidad más que la extensión, la síntesis más que los detalles, la arquitectura más que la decoración. Otras tantas razones me llevan a creer que el aprendizaje de la metafísica, en tanto obligatorio, representa la fase preliminar absolutamente indispensable para el estudio de la teología. Los que vienen a nosotros han recibido con frecuencia una sólida formación científica y técnica -lo cual es una fortuna- pero la falta de cultura general no les permite ingresar con paso decidido en la teología.
Dos generaciones, dos modelos de Iglesia
En numerosas ocasiones he hablado de las generaciones: de la mía, de la que me ha precedido y de las generaciones futuras. Ésta es, para mí, la encrucijada de la situación presente. Ciertamente, el pasaje de una generación a otra ha planteado siempre problemas de adaptación, pero lo que vivimos hoy es absolutamente peculiar.
El tema de la secularización debería ayudarnos, también aquí, a comprender mejor. Ella ha conocido una aceleración sin precedentes durante los años Sesenta. Para los hombres de mi generación, y todavía más para los que me han precedido, la mayoría de ellos nacidos y criados en un ambiente cristiano, esa aceleración ha constituido un descubrimiento esencial, la gran aventura de su existencia. Han llegado a interpretar la "apertura al mundo" invocada por el Concilio Vaticano II como una conversión a la secularización.
Así, de hecho hemos vivido, o inclusive favorecido, una auto-secularización potente en la mayor parte de las Iglesias occidentales.
Los ejemplos abundan. Los creyentes están dispuestos a comprometerse al servicio de la paz, de la justicia y de las causas humanitarias, ¿pero creen en la vida eterna? Nuestras Iglesias han llevado a cabo un esfuerzo inmenso para renovar la catequesis, ¿pero esta misma catequesis no tiende a desatender las realidades últimas? Nuestras Iglesias se han embarcado en la mayor parte de los debates éticos del momento, incitados por la opinión pública, ¿pero cuántos hablan del pecado, de la gracia y de la vida teologal? Nuestras Iglesias han desplegado felizmente tesoros ingeniosos para que los fieles participen mejor en la liturgia, ¿pero esta última no ha perdido en gran parte el sentido de lo sagrado? ¿Alguien puede negar que nuestra generación, quizás sin darse cuenta, ha soñado una "Iglesia de creyentes puros", una fe purificada de toda manifestación religiosa, poniendo en guardia contra toda manifestación de devoción popular como las procesiones, las peregrinaciones, etcétera?

jueves, 30 de julio de 2009

LEÑA DE MONTE



En mi casa de Paysandú, en el living que da al jardín del fondo, hay una estufa que, en estos días polares, traga leña sin parar. Cuando empezaron los fríos se alimentaba con astillas de eucalipto, que arden enseguida con una llama llena de vida. El problema es que, así como enseguida te dan un fuego poderoso, así se consumen de rápido las astillas… Y cuestan plata.
Un amigo, generoso como son los sanduceros, sin aviso previo se presentó en casa hace unos días con una buena carga de leña en su camioneta. Me advirtió:
- Esto no es eucalipto; es leña de monte. Tenga paciencia, porque de entrada no arde como la otra. Bueno, ni de entrada ni de salida, la verdad; pero va a ver cómo calienta.
Tenía razón. A la leña de monte –troncos duros y despreocupados de la estética- le cuesta un poco arrancar, por así decir, y tengo que ayudarlos con maderitas y algunos diarios. Pero después, cuando agarró el fuego, sin hacer ningún ruido (todo lo contrario del eucalipto, que explota sin aviso) va dejando un rescoldo de rubíes que siguen ardiendo horas, y dan un calor amable que se reparte por toda la habitación, y hacen arder enseguida al tronco que viene atrás…
El clero oriental… ¡leña de monte!: creo que nos entendemos.

martes, 28 de julio de 2009

NEWMAN, MAESTRO (3). LA PREDICACIÓN y 3


Estamos en 1837. Newman da una serie de Conferencias sobre la Justificación. La última de ellas trata Sobre la predicación del Evangelio. En ella detecta algo muy grave... que, a la vuelta del tiempo, quizás sigue vigente.

"Un sistema de doctrina ha aparecido durante los últimos tres siglos, en el cual la fe o el pensamiento espiritual es contemplado como el fin de la religión, en vez de Cristo. Y de esta manera, se hace consistir la religión en contemplarnos a nosotros mismos, en vez de contemplar a Cristo; consiste no simplemente en mirar a Cristo, sino en asegurarse de que le miramos; no en contemplar su divinidad y su sacrificio expiatorio, sino nuestra conversión y nuestra fe en esas verdades... La moda del día es predicar la conversión, decirle a la gente que estén seguros de mirar a Cristo en vez de mostrárselo simplemente, en decirles que tengan fe, más que en suministrarles el objeto de la fe..., con el resultado de que la fe y la inclinación espiritual se han desarrollado como fines, y obstruyen la vista de Cristo". (Cit. en Newman sacerdote, de Fernando Cavaller, o.c.).

jueves, 23 de julio de 2009

NEWMAN, MAESTRO (2). LA PREDICACIÓN-2

Hoy es uno de los días más gélidos del invierno y, a causa del frío, algunos compromisos se quedaron en proyecto (¡ay la gripe!) y encuentro un tiempo inesperado para seguir con Newman, maestro de predicadores.
Confieso que, al contrario de lo que hacía en mis primeros años de sacerdocio (casi 36), cuando voy a predicar preparo un guión lo mejor que puedo y nada más: quedó atrás el tiempo en que escribía todo lo que iba a decir.
Releyendo a Newman, predicador extraordinario a quien escuchaban multitudes, encuentro una confesión suya que me ha hecho dudar... Más aún cuando recuerdo que algo similar -escribir lo que vamos a predicar- nos aconsejó Benedicto XVI a los sacerdotes...

En una carta del 13 de abril de 1869, se lee:


"Me he visto obligado a tomarme mucho trabajo con todo lo que he escrito; a menudo he escrito y reescrito capítulos enteros, aparte de innumerables correcciones de detalle y aditamentos entre líneas. No lo digo como mérito; hay personas que logran la mejor redacción a la primera, cosa que yo muy pocas veces. Cabe suponer que los buenos oradores pueden expresar por escrito su pensamiento con facilidad. Yo, que no soy un buen orador, necesito revisar y "trabajar" lo que pongo sobre un papel.
Puedo decir, no obstante, que nunca desde que era niño me he propuesto escribir bien o llegar a tener un estilo elegante. Creo que nunca he escrito por escribir. Mi único deseo y objetivo ha sido eso que es tan difícil: decir con claridad y exactitud lo que quiero decir; este ha sido el motivo de todas mis correcciones y reescrituras. A veces, al releer algo escrito un par de días antes, me ha parecido tan oscuro incluso para mí mismo que lo he desechado inmediatamente o lo he rehecho por completo. Y no he ganado en esto nada después de tantos años de práctica. Tengo que reescribir y corregir tanto ahora como hace treinta años" (Cit. en Newman, el predicador de St. Mary, de Ricardo Mauti, en Newmaniana, n. 38, 2003).

miércoles, 22 de julio de 2009

NEWMAN, MAESTRO (1). LA PREDICACIÓN-1



“Si desea una explicación de lo que le ha ocurrido, le sugiero que lo pregunte a Dios”. Este fue el consejo que recibió Jack Sullivan, diácono permanente de 70 años, de la arquidiócesis de Boston, de parte de uno de los médicos que, habiéndolo atendido durante su enfermedad degenerativa de la columna vertebral, lo encontraba curado.
Lo que ignoraba el médico era que Sullivan se había encomendado al Siervo de Dios, Cardenal John Henry Newman, y que éste, como lo ha reconocido hace menos de un mes la Congregación para las Causas de los Santos, había intercedido ante Dios por él para conseguir su curación. Se dice ahora que podría ser el propio Papa Benedicto XVi, quien siente por Newman una especial admiración, el que lo beatifique durante el Año Sacerdotal.
El 22 de enero de 2001, con motivo del segundo centenario del nacimiento de Newman (1801-1890), Juan Pablo II escribió una carta al Arzobispo de Birmingham, en la que auguraba: “Oremos para llegue pronto el tiempo en que la Iglesia pueda oficial y públicamente proclamar la santidad ejemplar del Cardenal John Henry Newman, uno de los más distinguidos y versátiles paladines de la espiritualidad inglesa”. Juan Pablo II, que también nutría una particular admiración por el Cardenal, quiso que los textos del Via Crucis de ese año fueran tomados de los escritos de Newman.
Para un sacerdote o seminarista es una “obligación” conocer a quien es considerado como uno de los “padres espirituales” del Concilio Vaticano II (entre nosotros, Daniel Iglesias ha publicado una excelente introducción a su vida y obra en la revista electrónica “Fe y Razón”) que, además de teólogo extraordinario, fue un sacerdote que cultivó como pocos el arte de la predicación. Los consejos que daba a un seminarista, después de más de 20 años de sacerdote católico, pienso que, en no poca medida, siguen teniendo validez.

“En cuanto al asunto de escribir o pronunciar sermones a que haces referencia, el gran punto parece ser tener ante ti bien determinado el tema; pensar sobre él hasta que lo tengas en tu cabeza perfectamente, tener cuidado que sea un tema, no muchos; sacrificar cualquier pensamiento, aunque sea bueno e inteligente, que no tienda a recalcar tu único tema y busque seria y sumamente que los oyentes se den cuenta cabal de ese tema único. (…) Cada uno debe formar por sí mismo su propio estilo y bajo unas pocas reglas generales, algunas de las cuales ya he mencionado. Primero, un hombre debe hablar con la mayor seriedad, quiero decir, debe escribir, no por el hecho de escribir, sino para sacar a luz sus pensamientos. Jamás debe buscar ser elocuente. Debe tener su idea en vista y escribir oraciones una y otra vez hasta que haya expresado su pensamiento adecuadamente, enérgicamente y en pocas palabras. Debe usar palabras que se entiendan; ornamentación y amplificación podrán venir espontáneamente al debido tiempo pero nunca debe buscarlas. Debe arrastrarse antes de volar, quiero decir: la humildad, que es un gran virtud cristiana, tiene un lugar en la composición literaria. Aquel que es ambiguo nunca escribirá bien. Pero el que trata de decir simple y exactamente lo que siente o piensa, lo que demanda la religión, lo que enseña la fe, lo que promete el Evangelio, será elocuente sin intentarlo, y escribirá mejor inglés que si hubiera estudiado literatura inglesa”. (En “Newman sacerdote”, por Fernando M. Cavaller, en Newmaniana, n. 32, Abril 2001).

domingo, 19 de julio de 2009

EL APLAUSO QUE FALTÓ

Ayer tomó posesión de la diócesis de Melo su flamante obispo, Mons. Heriberto Beaudeant, en el transcurso de una Misa que, desde el principio hasta el fin, fue un enorme aplauso. Aunque faltó uno.
Cuando entró en la Catedral la procesión de monaguillos (encantadoras sotanitas rojas y sobrepellices), seguidos de los seminaristas, los diáconos, los presbíteros y los obispos, resonó el primer aplauso lleno de calor. El segundo lo recibió, al terminar de hablar, el sacerdote que dio la bienvenida a monseñor Beto en nombre de los “curas” –así dijo- de la diócesis. La religiosa que habló a continuación, representando a religiosas y consagradas, descolgó el tercero. Después tomó el micrófono una señora que, en nombre de los laicos de la diócesis, explicó que habían rezado por el nuevo obispo, aun antes de saber quién era, y con qué cariño lo recibían como Pastor que Dios les enviaba. Me arrepiento de no haber anotado sus palabras, porque salieron de su corazón con un sello de calidad sobrenatural que mereció, naturalmente, un cerrado aplauso.
Llegó el momento de la homilía, que fue el momento de monseñor Cáceres, el “obispo emérito entre los eméritos”, como él mismo se definió hace un tiempo. Lo cual es verdad, pero más lo es que monseñor Cáceres predica como ninguno: doctrina, piedad, emoción; modulación, carácter… y ninguna concesión a una vanidad que parecería justificada: no hizo ni una sola mención a sí mismo. En cambio, leyó una carta que monseñor Del Castillo –quinto aplauso- obispo emérito de la diócesis, dirigió a su querida diócesis. Al terminar la homilía citando a San Juan Crisóstomo (“Jesús, cuida a mi pueblo”, rogaba el santo cuando marchaba al destierro; “pueblo, cuida a mi Jesús”, pedía a sus fieles), enorme aplauso para monseñor Cáceres, que dirigía a todos esa petición que nos llega desde el siglo IV (y van seis).
Después llegó el momento de la lectura del decreto de Benedicto XVI con el nombramiento del nuevo obispo de Melo (séptimo aplauso), de la firma del documento y de la entrega del báculo por parte del Nuncio Apostólico, monseñor Pecorari (octavo), que a continuación dirigió unas palabras a monseñor Beto (noveno aplauso).
Si no recuerdo mal, el décimo fue para el obispo, quien al terminar la Misa agradeció a Dios y a cada uno, sin olvidar a nadie, de los que, formando parte de alguna institución o “de a pie”, por así decir, forman la Iglesia que está en los departamentos de Cerro Largo y Treinta y Tres. Digo mal: décimo y undécimo y alguno más, porque fue interrumpido mientras hablaba.
Dos horas largas duró la ceremonia. Al retirarse la procesión en el orden en que habíamos entrado, llegó el último aplauso, tan inesperado como prolongado y fuerte y emocionado y emocionante: bastaba con mirar las caras de quienes aplaudían: hombres y mujeres de tierra adentro, personas muy sencillas que expresaban así, ¡nada menos!, que la alegría de su fe.
Desde mi punto de vista, en estricta justicia faltó un aplauso: el que siempre deberíamos dar nosotros -obispos, presbíteros y diáconos- a la gente que, a pesar de tantos pesares, aplauden porque ven en nosotros a Cristo. Está claro que nunca lo haremos, más allá de las obvias razones litúrgicas; pero lo merecen con creces.
Aunque, pensándolo un poco, creo que el mejor aplauso es que trate de servir bien a cada uno.

miércoles, 15 de julio de 2009

¡MOISÉS, MOISÉS!...


Esta mañana, al leer en la Misa el diálogo magnífico entre Dios y Moisés, me acordé de Guillermo, de su vocación...

Un día, hace ya un montón de años, nos encontramos en la parroquia "San José Obrero", de Paysandú. Hablando de todo un poco en la entrada de la iglesia, le pregunté a Guillermo, que acababa de ingresar en el seminario, cómo había descubierto su vocación. Me respondió:

- Tendría que decirle como a Moisés: "Sácate las sandalias de los pies, porque ese lugar es tierra sagrada".

Su respuesta me sorprendió.

- ¿De qué lugar estás hablando?

- ¡De esa baldosa, precisamente, donde usted está parado!

Me aparté entonces, respetuosamente... Guillermo continuó:

- Fue ahí, y fue una Hermana la que me llamó, es decir, Dios me llamó por medio de ella. Era una Hermana brasilera, que estuvo un tiempo trabajando en la parroquia. Un día, ahí mismo, me dijo: "Guiliermo, ¿vocè no ha pensado ser sacerdote?"... Lo dijo así, entreverado, en portuñol... y bueno, empecé a pensarlo...

Leía esta mañana: "Vio el Señor que Moisés se acercaba a mirar y lo llamó de entre la zarza". Uno se encuentra todos los días con muchachos que miran... y a lo mejor (a lo peor, en realidad)no encuentran en mí el celo de una Hermana brasileña... Hago el propósito de imitarla: Guillermo ya es sacerdote.

miércoles, 1 de julio de 2009

LUZ Y PURIFICACION

La Conferencia Episcopal Uruguaya ha comunicado que el Santo Padre aceptó la renuncia a la diócesis de Minas que, según lo señalado en el canon 401 & 2, le había presentado mons. Francisco Barbosa. Esa disposición del Código de Derecho Canónico dice así: " Se ruega encarecidamente al Obispo diocesano que presente la renuncia de su oficio si por enfermedad u otra causa grave quedase disminuida su capacidad para desempeñarlo".

Comunican también los obispos que el Papa nombró a mons. Rodolfo Wirz, Obispo de Maldonado-Punta de Este, Administrador Apostólico de Minas. Y agregan unas consideraciones que reclaman serena meditación:

Los Obispos expresamos el profundo dolor por el grave pecado que ha dañado a la Iglesia y de manera especial a la Diócesis de Minas.

Toda la Iglesia, y en ella los pastores, debe ser luz del mundo y, al mismo tiempo, necesita permanente purificación. Esto nos exige a todos, día a día, una constante conversión y penitencia. Pedimos al Padre, rico en misericordia, que fortalezca a nuestro hermano para continuar asumiendo las consecuencias de sus actos. Y asimismo que estos hechos dolorosos no oculten la fidelidad de tantos.

Tal como hacemos cada año en Semana Santa, cuando renovamos la promesa de cumplir los deberes inherentes a nuestro ministerio, pedimos a las comunidades que oren por nosotros los Obispos y por todos los sacerdotes para que “realicemos cada día, de una manera más viva y perfecta, la imagen de Jesús Buen Pastor, Maestro y Siervo de todos”.

sábado, 27 de junio de 2009

LA HISTORIA DE NOÉ

La historia es vieja como Noé, literalmente. Dice así: "Noé, que era labrador, fue el primero que plantó una viña. Bebió del vino, se embriagó y se quedó desnudo dentro de su tienda. (...) Entonces Sem y Jafet tomaron un manto, se lo echaron ambos al hombro, y andando de espaldas, con el rostro vuelto, cubrieron, sin verla, la desnudez de su padre" (Gn, 9, 20-23).

Lo que digo y subrayo hoy, que es el día después, es que yo también soy Noé, tú también eres Noé, y él y todos nosotros somos Noé. Y me vienen a los labios las palabras que leí hace años en "Camino": "Como los hijos buenos de Noé, cubre con la capa de la caridad las miserias que veas en tu padre, el Sacerdote" (n. 75).

viernes, 26 de junio de 2009

HACERLE ECO

Yo conocí y traté y quise y quiero con toda el alma, a este sacerdote santo, san Josemaría Escrivá de Balaguer, cuya fiesta celebra hoy la Iglesia. Lo conocí en 1964 y estuve cerca suyo (durante dos años, muy cerca, viviendo con él en Roma) hasta 10 años después, cuando en Buenos Aires aseguraba que volvería a Argentina después de venir al Uruguay. El plan de Dios fue otro y, un año más tarde, se iba al Cielo el 26 de junio de 1975, su "dies natalis", su fiesta, fiesta hoy de la Iglesia entera.
De entre mil recuerdos, me golpea dulce y fuertemente su apasionada insistencia en la necesidad de frecuentar "el sacramento de la misericordia divina": ¡a grito pelado lo pregonaba en Argentina, en Brasil, en Chile, en Perú, en Ecuador..., en todos los sitios!: "¡a confesar, a confesar!", pedía a voces: "¡Si en estas tres semanas que he estado en Argentina, tres personas se han acercado a Cristo por medio de la Confesión, yo no he perdido el tiempo!"...

Escucho hoy a Benedicto XVI, "il dolce Cristo in terra", como le llamaba recogiendo el decir de santa Catalina de Siena, pidiéndonos a los sacerdotes que encontremos el tiempo para estar en el confesonario y dedicarnos a ese ministerio en el que nadie puede sustituirnos... Le pido a san Josemaría, sacerdote secular que amaba con amor de predilección a todos los sacerdotes seculares del mundo, que sepamos hacerle eco eficaz.

viernes, 19 de junio de 2009

COSAS DEL "TRABAJO PASTORAL"

Hoy ha empezado el "Año Sacerdotal", y la página web de la Santa Sede ha inaugurado una sección que recoge diversos encuentros del Papa con sacerdotes. Las respuestas de Benedicto XVI a las preguntas que le plantean son de una gran riqueza. Me propongo facilitar su lectura, publicando lo sustancial de ellas, si se puede hablar así.
Hay que reconocer que cada uno de nosotros pasa por momentos en los que puede hay que Hay que reconocer que cada uno de nosotros pasa por momentos en los que puede desanimarse ante la magnitud de lo que tiene que hacer y los límites de lo que en realidad puede hacer. Esto sucede también al Papa. ¿Qué debo hacer en esta hora de la Iglesia, con tantos problemas, con desanimarse ante la magnitud de lo que tiene que hacer y los límites de lo que en realidad puede hacer. Esto sucede también al Papa. ¿Qué debo hacer en esta hora de la Iglesia, con tantos problemas, con tantas alegrías, con tantos desafíos que afronta la Iglesia universal? Suceden tantas cosas cada día y no soy capaz de responder a todo. Hago mi parte, hago lo que puedo hacer. Trato de encontrar las prioridades.

También un párroco que está solo ve que son muchas las cosas que es preciso hacer en esta situación que usted ha descrito brevemente. Y sólo puede hacer una: tapar agujeros —como dijo usted—, dedicarse a los "primeros auxilios", consciente de que se debería hacer mucho más. Pues bien, la primera necesidad de todos nosotros es reconocer con humildad nuestros límites, reconocer que debemos dejar que el Señor haga la mayoría de las cosas. Hoy escuchamos en el evangelio la parábola del siervo fiel (cf. Mt 24, 42-51). Este siervo, como nos dice el Señor, da la comida a los demás a su tiempo. No lo hace todo a la vez, sino que es un siervo sabio y prudente, que sabe distribuir en los diversos momentos lo que debe hacer en aquella situación. Lo hace con humildad, y también está seguro de la confianza de su señor. Así nosotros, debemos hacer lo posible para tratar de ser sabios y prudentes, y también tener confianza en la bondad de nuestro Señor, porque al fin y al cabo debe ser él quien guíe a su Iglesia. Nosotros nos insertamos con nuestro pequeño don y hacemos lo que podemos, sobre todo las cosas siempre necesarias: los sacramentos, el anuncio de la Palabra, los signos de nuestra caridad y de nuestro amor.
Por lo que respecta a la vida interior, es esencial para nuestro servicio sacerdotal. El tiempo que dedicamos a la oración no es un tiempo sustraído a nuestra responsabilidad pastoral, sino que es precisamente "trabajo" pastoral, es orar también por los demás. En el "Común de pastores" se lee que una de las características del buen pastor es que "multum oravit pro fratribus". Es propio del pastor ser hombre de oración, estar ante el Señor orando por los demás, sustituyendo también a los demás, que tal vez no saben orar, no quieren orar o no encuentran tiempo para orar. Así se pone de relieve que este diálogo con Dios es una actividad pastoral. La Iglesia nos da, casi nos impone —aunque siempre como Madre buena— dedicar tiempo a Dios, con las dos prácticas que forman parte de nuestros deberes: celebrar la santa misa y rezar el breviario. Pero más que recitar, hacerlo como escucha de la Palabra que el Señor nos ofrece en la liturgia de las Horas. Es preciso interiorizar esta Palabra, estar atentos a lo que el Señor nos dice con esta Palabra, escuchar luego los comentarios de los Padres de la Iglesia o también del Concilio, en la segunda lectura del Oficio de lectura, y orar con esta gran invocación que son los Salmos, a través de los cuales nos insertamos en la oración de todos los tiempos. Ora con nosotros el pueblo de la antigua Alianza, y nosotros oramos con él. Oramos con el Señor, que es el verdadero sujeto de los Salmos. Oramos con la Iglesia de todos los tiempos. Este tiempo dedicado a la liturgia de las Horas es tiempo precioso. La Iglesia nos da esta libertad, este espacio libre de vida con Dios, que es también vida para los demás. Así, me parece importante ver que estas dos realidades, la santa misa, celebrada realmente en diálogo con Dios, y la liturgia de las Horas, son zonas de libertad, de vida interior, que la Iglesia nos da y que constituyen una riqueza para nosotros. Como he dicho, en ellas no sólo nos encontramos con la Iglesia de todos los tiempos, sino también con el Señor mismo, que nos habla y espera nuestra respuesta. Así aprendemos a orar, insertándonos en la oración de todos los tiempos y nos encontramos también con el pueblo.

La gente tiene sed. Y trata de apagar esta sed con diversas diversiones. Pero comprende bien que esas diversiones no son el "agua viva" que necesitamos. El Señor es la fuente del "agua viva". Pero en el capítulo 7 de san Juan nos dice que todo el que cree se convierte en una "fuente", porque ha bebido de Cristo. Y esta "agua viva" (v. 38) se transforma en nosotros en agua que brota, en una fuente para los demás. Así, tratemos de beberla en la oración, en la celebración de la santa misa, en la lectura; tratemos de beber de esta fuente para que se convierta en fuente en nosotros, y podamos responder mejor a la sed de la gente de hoy, teniendo en nosotros el "agua viva", teniendo la realidad divina, la realidad del Señor Jesús, que se encarnó. Así podremos responder mejor a las necesidades de nuestra gente.

miércoles, 17 de junio de 2009

LOS SACERDOTES

El Viernes 19 de Junio empieza en la Iglesia un año del todo especial. Como lo había anunciado Benedicto XVI en Marzo pasado, comenzará un AÑO SACERDOTAL, con objeto de "favorecer la tensión de los sacerdotes hacia la perfección espiritual, de la cual depende sobre todo la eficacia de su ministerio". Quiere también el Papa, con esta iniciativa, "hacer que se perciba cada vez más la importancia del papel y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad contemporánea".
Más allá de algunos casos -publicitados y manipulados por demás-de infidelidad al compromiso sacerdotal, la verdad es que la inmensa mayoría de los 407.000 sacerdotes del clero secular y religioso que hay en la Iglesia, viven con ilusión y sacrificio alegre su vocación. No obstante, además de que es necesario que haya más sacerdotes, debemos ser santos.
El "Año Sacerdotal" es una fuerte invitación a que renovemos ese empeño, contando con la oración de toda la Iglesia y siguiendo el ejemplo inolvidable del santo Cura de Ars, al que el Papa proclamará "Patrono de los todos los sacerdotes del mundo".
Durante este Año, Benedicto XVI ha dispuesto unos modos de ganar la indulgencia plenaria, que expresan la urgencia de rezar mucho por nosotros, los sacerdotes. Quisiera invitarlos a hacer click ahí y leer despacio su contenido: para ganar la indulgencia, para comunicarlo a muchos, para rogar al dueño de la mies que, además de mandar nuevos obreros a trabajar en ella, despierte en todos deseos prácticos de santidad. Así aliviaremos las heridas de este mundo nuestro tan machucado...

lunes, 25 de mayo de 2009

MARIO, AMIGO SACERDOTE

Permítanme, por una vez, decir algo de los sacerdotes, este sector social que de un tiempo a esta parte es noticia en la prensa y no precisamente buena noticia. Y permítanme que lo haga sin pretensiones de justificar o no justificar, ni criticar ni aplaudir el celibato que libremente elegimos, porque de esto se están encargando los programas de radio y de TV, y buena parte del cyber espacio que ustedes y yo compartimos: de eso no quiero hablar, porque a la hora de elegir un tema es mucho más interesante contarles algo de la conversación que tuve ayer con un sacerdote amigo, mientras lo acompañaba en la espera del médico.
Digamos, por ponerle un nombre, que se llama Mario –es el único dato ficticio-, que tiene 30 y pico años, que lleva 3 de ordenado y que, por obvias razones de falta de sacerdotes, ya es párroco de una extensa parroquia urbana de la cual dependen 7 capillas a las que, naturalmente, también debe atender.
El caso es que hace dos semanas, Mario dijo: “No va más”. Lo dijo por la fuerza de los hechos, puesto que llevaba tres noches seguidas sin pegar ojo, cosa por demás sospechosa porque suele dormir como un bendito.
Enseguida del “no va más” fue a hablar con su obispo y, con su preocupado O.K., se retiró literalmente del mundanal ruido en una abadía argentina de benedictinos, llevando consigo algunos libros y un sabio diagnóstico médico: “¡Usted está muy pero muy cansado!”. La terapia para su mal fue ésta: duerma, duerma y duerma, y coma bien.
Mario, obediente, hizo los deberes a conciencia y, después de 15 días, volvió a la parroquia.
Ayer, mientras esperábamos al médico y hablábamos de lo sucedido, sacó de su cartera una hoja en la que tenía prolijamente anotado su plan mensual de actividades, que leí con atención.
- Primeros lunes, 20 horas: reunión de…
- Segundos martes, 17 horas: reunión con…
- Segundos miércoles, 19 horas, reunión con…
- Tercer lunes, 18 horas, idem de idem.
Así, medio folio. En otro apartado, las Misas que celebra: cada día, dos o tres, y los fines de semana nunca son menos de seis.
Por otra parte, claro está, bautismos, preparación para el matrimonio y casamientos, visitas a los enfermos y los mil y un imprevistos que son lo normal en la vida de cualquier sacerdote.
Al devolverle su hoja de actividades, recordé este refrán que Mario no conocía y que le hizo reír: “Perrito de muchas bodas, no come en ninguna por comer en todas”…
Esto es lo que yo quería contarles hoy, que es mucho más interesante, en mi modesta opinión, que estar discutiendo el celibato sacerdotal. (Entre paréntesis: ¿alguien juzgaría razonable que, además de ese sinfín de actividades, el sacerdote debiera atender a su propia familia?... ¡Otra que “perrito de muchas bodas”!… ¡Sería de locos! Cierro el paréntesis, disculpen).
Me parece formidable que dentro de un mes empiece en la Iglesia un año dedicado a los sacerdotes. La idea fundamental del Papa, al convocarlo, es que llegue al Cielo la oración de toda la Iglesia pidiendo por Mario y compañía, que no son noticia, como se ve.