jueves, 11 de febrero de 2010

LAS MUJERES, CENTINELAS

Hoy estoy con el pensamiento en Lourdes, donde en setiembre de 2008 disfruté, en persona, de unos días inolvidables. Antes conocía ese bendito lugar sólo por fotos; desde que estuve allí, en la Gruta en la que se apareció la Virgen a Bernadette Soubirous, recordarlo es motivo para renovar la decisión de poner más empeño en llevar a la práctica lo que la Inmaculada Conceción pidió a la muchacha: que recemos el Santo Rosario: se sobreentiende, que lo recemos con devoción.
La Gruta de las Apariciones es un lugar que emite ondas de una paz extraordinaria. El silencio se impone por sí mismo, sin necesidad de cuidados especiales. ¿Cómo no guardarlo espontáneamente, apenas se recuerda que ahí posó sus pies la Madre de Dios? Que delante de esa imagen rezaron, ¿cuántos santos?

Cuando estuve en la Gruta recordé especialmente a Juan Pablo II, que ocho meses antes de irse al Cielo y en un estado físico lastimoso, quiso peregrinar a Lourdes para "implorar a la Virgen un despertar de la conciencia moral de los hombres". Y recordé unas palabras suyas estremecedoras: dijo que, al encomendarle su mensaje a una muchacha, "María lo hizo como para subrayar la misión peculiar que corresponde a la mujer en nuestro tiempo, tentado por el materialismo y la secularización". Después, dirigiéndose a las mujeres, agregó: "A vosotras, las mujeres, os corresponde ser centinelas del Invisible".

¿Qué significa esta misteriosa expresión, que el Papa no aclaró? Dejo las puertas del diálogo abiertas.

jueves, 4 de febrero de 2010

CONVERSACIÓN EN LA PELUQUERÍA

El lunes pasado fui a la peluquería. Voy cada dos meses y algo, tiempo suficiente para darle un poquito de trabajo al peluquero. El caso es que, encontrándome a diez minutos de Las Piedras, fui sin más trámites a la primera peluquería que encontré en esa ciudad-dormitorio, la más grande del Uruguay.

No había nadie en la peluquería, además del peluquero, un muchacho de 28 años. Me senté en un sillón viejo como el de la foto y, con la ilusión de un converso, el peluquero me contó su historia.

Yo estaba en la droga, sabe… Y un día fui a la casa del hombre que me la daba y… no podrá creer: lo encontré escuchando la radio y llorando… ¡cómo lloraba! Es que le estaba llegando la Palabra, ¿sabe? Entonces yo también me puse a escuchar. El Pastor decía que Jesucristo nos quiso tanto que murió por nosotros, por nuestros pecados, que Jesucristo es el único que puede salvarnos, que él quiere que le abramos el corazón… Bueno, usted ya sabe, ¿verdad?

Al ver así a mi amigo, llorando de la emoción por lo que oía, yo empecé a seguir ese programa de radio y un domingo fui al templo evangélico, y al domingo siguiente volví: es que me hacía bien lo que decían, me llegaba la Palabra… La verdad es que yo lo que quería era dejar la droga, y que mi esposa también la dejara… Andábamos horrible los dos, nos llevábamos muy mal. El caso de ella era más difícil, porque estaba en la cocaína, ¿me entiende? Yo la animaba para que me acompañara al templo, pero ella no quería saber de nada. ¡Qué cabeza dura! Porque fíjese que, de a poco, ¡yo estaba consiguiendo dejar la droga! Pero ella no aflojaba…

Hasta que un día, por fin, se decidió y me acompañó. Llegó llorando de puro desesperada, y salió… ¡llorando por la paz que tenía! ¡Le había llegado la Palabra! Usted sabe que dejó la droga de la noche a la mañana... ¡Qué felicidad, qué liberación! Yo, qué quiere que le diga… Al que dice que Dios no existe, que Jesucristo no existe, yo le tengo lástima; de entrada me da lástima, pero después lo ayudo a que conozca a Jesús, que se le acerque, que se abra a Él. Y acá, en la peluquería, fíjese que está al lado de un bar… Aquí vienen borrachos… Bueno, yo trato de darles ejemplo: les hablo bien, sin usar palabras que no corresponden… Yo sé que se dan cuenta de que soy diferente, que conmigo esas cosas no funcionan, ¿vio?

Ahora mi esposa y yo estamos bárbaro, tenemos dos hijos, nos queremos, tenemos trabajo, rezamos juntos... ¿se puede pedir más?